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Ghost Rider: Espíritu de Venganza (Mark Neveldine-Brian Taylor, 2011)

Título original: Ghost Rider: Spirit of Vengeance   Género: Acción, Cómic
Duración: 95 minutos   País: EE.UU.

Con el fin de controlar sus deseos de venganza, Johnny Blaze, El Motorista Fantasma, que ve sus poderes como una maldición, vive apartado del mundo y sin relacionarse con nadie, pero acaba siendo localizado por el monje Moreau, que necesita su ayuda para buscar a Nadya y a su hijo Danny antes de que los encuentre Roarke, un viejo conocido de Blaze.

Bien, vamos allá, sin rodeos, sin concesiones y sin paños calientes: Ghost Rider: Espíritu de Venganza, la última película estrenada hasta la fecha protagonizada por Nicolas Cage, es un fiasco en toda regla, un completo despropósito, un truño de proporciones mastodónticas... En definitiva, UNA MIERDA COMO UNA CATEDRAL.


Para empezar, estamos ante una secuela totalmente innecesaria, al menos planteada tal y como se ha planteado. Ya la primera entrega, titulada Ghost Rider (2007) y dirigida por Mark Steven Johnson -responsable de Daredevil (2003)-, resultó ser una discretísima cinta de acción protagonizada por un personaje de cómic de dilatada trayectoria que merecía, sin duda alguna, una adaptación con mucho más empaque que la que se llevó a cabo en el 2007, que a pesar de todo produjo pingües beneficios. Lejos de enmendar dicho error y animados por la recaudación mundial de dicho film, ciertas mentes privilegiadas de la industria hollywoodiense deciden cuatro años después que es necesaria una secuela y depositan el proyecto en manos de Mark Neveldine y Brian Taylor, el dúo dinámico -o más bien frenético, podríamos decir- responsable de films como Crank (2006) y Crank: Alto Voltaje (2009).


Este binomio de directores opta por pasar olímpicamente de la trayectoria en papel de Ghost Rider y su mitología y deciden que lo mejor es poner en marcha prácticamente un reboot total del personaje pero, eso sí, echando mano del mismo actor que encarnó a El Motorista Fantasma en el film de 2007: nuestro necesitado amigo Nicolas Cage. Además, llama poderosamente la atención que el pésimo guión se articule en torno a una historia de David S.Goyer, quien escribiera en su día las lineas argumentales de Dark City (1998), Batman Begins (2005) o El Caballero Oscuro (2009). Se suele decir que todo el mundo tiene un mal día... Está claro: los días malos de David S.Goyer se sucedieron uno tras otro mientras redactaba esta historia simple, ramplona y rebosante de tópicos digna de cualquier telefilme cutre de sobremesa. Quizás es porque estaba volcado por completo en el guión de The Dark Knight Rises, que se estrena dentro de unos meses.


Todos sabeís que le tengo un cariño especial a Nicolas Cage, pero con esta película ha tocado fondo y no me cabe la menor duda de que en esta ocasión nos ha brindado la peor interpretación de su carrera. Sin duda acuciado por una delicada situación económica personal, el bueno de Cage se ha visto obligado en los últimos años ha aceptar prácticamente cualquier papel que ha pasado por sus manos sin reparar en el daño que dichas participaciones en films de dudosa calidad le inflingen a su reputación. En esta ocasión  vuelve a ser manifiesto el tremendo pasotismo del sobrino de Coppola y la desgana con la que aparece en pantalla, mostrándose visiblemente irritado, incómodo y en ocasiones totalmente forzado y ridículo, como el tono general del film. Está claro que los números rojos de su cuenta bancaria llevan las riendas de su carrera desde hace unos años. Una auténtica pena...


Pero no solamente Nicolas Cage está nefasto, sino que prácticamente todo el reparto en general da vergüenza ajena. Bochornosa es la presencia casi testimonial y anecdótica de Christopher Lambert, quien fuera antaño el inmortal Connor MacLeod y relegado en esta ocasión a un papel absurdo y esperpéntico: Methodius, un estrafalario monje caracterizado de la manera más cutre que recordeís y con apenas dos líneas de diálogo. En la misma línea sonrojante tenemos al veterano actor irlandés Ciarán Hinds dando vida a uno de los villanos más ridículos de los últimos tiempos -ojo a la ceremonia del final, con qué salero se contonea- y también a su patético esbirro Ray Carrigan, tristemente interpretado por Johnny Whitworth. De la heroína de la historia, interpretada por Violante Placido -la Neus Asensi italiana- mejor ni hablamos. El único que aporta algo de dignidad al conjunto es Idris Elba, quién ha llegado a reconocer que estuvo dos días pensándose si aparecer en el film o no. Está claro que no lo meditó el tiempo suficiente.


Por lo demás, tenemos unas localizaciones de baratillo -el este de Europa, donde es evidente que resulta mucho más barato filmar-, unos efectos especiales que dejan mucho que desear y un montaje atropellado que más que entretener, confunde y aturde al espectador. La ausencia de coherencia en el lamentable guión lastra la película desde los primeros minutos de metraje, donde sólo la secuencia inicial se libra del desastre, y teniendo que recurrir a una misma escena dos veces -el Motorista Fantasmas meando cual lanzallamas- para evitar que el espectador quede sumido en un coma irreversible debido al tedio y la vergüenza ajena  que impera en la historia. Decir que es una mala película es quedarse corto...



Stake Land (Jim Mickle, 2010)

Título original: Stake Land   Género: Terror
Duración: 98 minutos   País: EE.UU.
Dirección: Jim Mickle   Guión: Jim Mickle, Nick Damici
Música: Jeff Grace   Web: stakelandmovie.com

En unos EE.UU.  post-apocalípticos azotados por una terrible plaga que ha convertido a gran parte de la población en vampiros, un joven huérfano y un veterano cazador de vampiros emprenden una peligrosa y dramática ruta hacia Canadá en busca de un lugar para sobrevivir ajeno a la enfermedad y a la locura.


En esta época tan dura que nos ha tocado vivir, donde unos pocos osan mancillar la historia del cine con historias sobre vampiros que van al instituto diurno e incluso brillan ridículamente cuando la luz del sol les baña, se agradece que alguien propine un puñetazo sobre la mesa y retrate a estos seres de leyenda como lo que siempre han sido: criaturas de la noche capaces de cualquier cosa con tal de llevarse a los labios la dosis de sangre humana necesaria para saciar su irracional sed. Así, dirigida y co-escrita por Jim Mickle, Stake Land constituye un retrato digno de la parte más salvaje del mito vampírico y una propuesta sobria y solvente muy a tener en cuenta en los tiempos que corren, ofreciéndonos el lado más duro y realista posible sobre el mito del vampiro.


Ambientada en un futuro apocalíptico en el que la humanidad ha sido diezmada por una epidemia que transforma a los humanos en vampiros, la historia nos muestra el viaje en pos de la supervivencia que emprenden Mister (Nick Damici), un cazavampiros que recorre los EE.UU. rumbo Canadá exterminando el mayor número de criaturas posibles y Martin (Connor Paolo), un chaval al que acaba de salvar la vida y con el que establecerá una especie de relación paterno-filial, al mismo tiempo que le alecciona con los conocimientos necesarios para sobrevivir en medio de semejante caos. Además, no sólo se enfrentarán a los chupasangres y a la plaga que ha acabado con gran parte de la población, sino también con los restos de una civilización decrépita en la que los caníbales y La Hermandad -una especie de secta religiosa ultracristiana- suponen un peligro a tener muy en cuenta. 


Muy convincente la interpretación de Nick Damici -que además es co-guionista- creando un cazavampiros duro y carismático, sin rasgos estridentes en su carácter, y correcta la réplica del joven Connor Paolo, quizás con menos fuerza pero sí con cierta evolución en su personaje. Los personajes femeninos que interpretan Danielle Harris y Kelly McGillis no hacen sino aumentar de una forma u otra el dramatismo y la crudeza de la historia, la primera -una emergente nueva scream queen- interpretando a una joven embarazada y la segunda -veterana conocida por ser la protagonista femenina en Top Gun (1986)- en el papel de una monja.


La historia trata de ir más allá del simple hecho de la plaga de vampiros -de hecho podrían haber sido zombies perfectamente- y pretende ofrecernos una panorámica dramática de las relaciones entre los supervivientes y su deteriorada situación en mitad de semejante marco apocalíptico. Esa mirada con cierta profundidad sobre el sufrimiento y el titubeante estado de la ética y la moral se me antoja bastante acertada y necesaria para lograr un resultado diferente. Evidentemente, no llega al grado de crudeza que alcanzó John Hillcoat con La Carretera (The Road, 2009), pero es de agradecer que trate de ofrecernos otro punto de vista menos frenético pero sí más humano y realista dentro del género de películas post-apocalípticas con criaturas terroríficas -e incluyo humanos en la ecuación- de por medio. Además, tiene cierto bouquet a road-movie  y, por qué no decirlo, algo de western crepuscular, cosa que se agradece.


De presupuesto ajustado pero convincente -el maquillaje de los chupasangres está muy logrado, al igual que los efectos especiales en las escenas de acción-, Stake Land no tiene nada que envidiarle a producciones similares que han dilapidado una inversión sensiblemente superior, y aunque no deja de ser una amalgama de géneros que no brilla por su originalidad, sí que lo hace por sus ganas de destacar a base de seriedad, sobriedad y sinceridad y por su capacidad de hacer reflexionar al espectador sobre qué hacer o qué no hacer en una situación igual de catastrófica. Aquí, por suerte, lo único que brilla es la sangre a la luz de la luna.


American Horror Story [Primera Temporada]


Serie del Año, al menos en lo que a mí respecta. Esa es lo primero que me viene a la cabeza cuando toca hablar de American Horror Story, el último producto surgido de la estrecha colaboración entre Ryan Murphy y Brad Falchuk, el dúo que ya fue responsable en su día de la transgresora Nip/Tuck, A Golpe de Bisturí (2003-2010). Ambos han concebido un producto totalmente innovador en el panorama televisivo de los últimos años -ellos mismos lo definen como un thriller psicosexual-,  una apuesta arriesgada que trata al mismo tiempo de entretener, transgredir, sorprender e incluso atemorizarnos un poco. Y lo han conseguido con una propuesta que por momentos ha rozado lo grotesco y lo subversivo, pero que te cautiva desde el primer episodio y no te abandona ni siquiera después de que hayan desfilado ante tus ojos los créditos finales del decimosegundo y último capítulo que cierra esta primera temporada con la que he disfrutado como un enano con la familia Harmon y su experiencia en "la casa del crimen".


La serie de culto del año nos cuenta la historia de Ben (Dylan McDermott) y Vivien Harmon (Connie Britton), una pareja de Boston que después de sufrir en su matrimonio un par de contundentes mazazos -ella sufre un aborto traumático y él le es infiel tras esta desgracia con una de sus alumnas...- se mudan a una mansión en las afueras de Los Angeles con la intención de empezar de cero y salvar así su relación. Les acompaña su hija Violet (Taissa Farmiga), una atormentada adolescente situada en el ojo del huracán provocado por las diferencias entre sus progenitores. Pronto conocerán a su vecina, la inquietante Constance Langdon (una inmensa Jessica Lange), una mujer que parece conocer a la perfección los extraños sucesos que han tenido lugar desde hace años en la mansión recién adquirida por los Harmon. Los dos hijos de Constance, Adelaide (Jamie Brewer) y Tate (Evan Peters), empezarán a convertirse en asiduos visitantes de la mansión, hasta el punto de que Tate Langdon se erigirá en un personaje clave para el devenir de esta primera temporada, con un carisma y una personalidad psicopática realmente arrolladora e hipnótica que cuenta a su favor con la fascinación que provoca lo prohibido.

Vivien, Ben, Constance, Larry, Violet, Tate y Frances en sus dos versiones...
Moira O'Hara se establece como el ama de llaves de la mansión, constituyendo un personaje que también tiene mucho que contar sobre la historia de la "casa del crimen". Curioso personaje, pues la criada aparece como una mujer de avanzada edad (Frances Conroy), aunque Ben la mira con otros ojos y ve en ella a una ardiente y provocadora asistenta (una guapísima Alexandra Breckenridge). El extraño Larry Harvey (Denis O'Hare) también se convertirá en una presencia asidua de la casa, así como Hayden (Kate Mara), la esquizofrénica alumna amante de Ben Harmon; o antiguos propietarios como Chad (intervención especial de la mano de Zachary Quinto), Nora (Lily Rabe) y Charles Montgomery (Matt Ross). 


Aunque el argumento de American Horror Story gira en torno a la historia de la familia Harmon y sus interacciones con la extraña mansión a la que se mudan, a lo largo de la temporada hemos asistido a cómo dicho argumento bebía de una infinidad de fuentes que le han convertido en un pastiche único construido a base de elementos de diversa índole: un generoso número de asesinatos y situaciones escabrosas varias; sangre, vísceras y gore en cantidades no habituales en la pequeña pantalla; fantasmas, espectros y otras apariciones del más alla; grandes dosis de erotismo y sensualidad e incluso pinceladas de sadomasoquismo -Rubber Man!-; ciertos escarceos con el thriller policíaco y el drama familiar; numerosas referencias a la cultura popular del terror y las leyendas urbanas norteamericanas; y, en definitiva, situaciones y planteamientos perturbadores que, aunque nos pese, apenas tienen cabida hoy por hoy en el cine o la televisión actual. Todo ello hace que la serie resulte entretenida, descarada y atrevida, aunque no todo son virtudes y es cierto que algunos flecos del guión quedan sueltos o torpemente hilvanados, y que incluso su desenlace se me ha antojado ciertamente precipitado y algo forzado. Si hubieran seguido con el tono transgresor que han enarbolado durante toda la temporada y hubieran concebido un final apoteósico, estaríamos ante una de las grandes temporadas de debut en lo que a series se refiere de la historia. Ahora nos queda esperar a la segunda temporada para descubrir qué nos tienen preparado el dúo Murphy/Flalchuk, del que podemos esperar cualquier cosa, al igual que ocurre con American Horror Story, ya que cuando parece que nada más puede pasar, ocurre. Y vaya si ocurre...








Immortals (Tarsem Singh, 2011)

Título original: Immortals   Género: Aventuras, Acción
Duración: 110 minutos   País: EE.UU.

El rey Hiperión y su despiadado ejército avanzan por Grecia, destruyéndolo todo a su paso. Cada victoria le acerca un poco más a su objetivo: desatar la furia de los Titanes confinados en el monte Tártaro para vencer a los dioses del Olimpo. Nada parece capaz de detener su avance hasta que un joven llamado Teseo jura vengar a su madre, asesinada en uno de los ataques de Hiperión. Teseo con la ayuda de la oráculo Fedra, reúne a un pequeño grupo de hombres y asume su destino en una batalla desesperada por el futuro de la humanidad.


A poco que conozcaís mis gustos cinéfilos a la hora de degustar superproducciones y blockbusters varios, ya supondríais que hace tiempo que le tenía ganas a Immortals dada su temática: la épica y las posibilidades que brinda una época como la Antigua Grecia. Es un género en el que disfruto entrando de lleno en el juego de historias imposibles y criaturas fantásticas dejando de lado, en mayor o menor medida, un argumento que en la mayoría de ocasiones es sacrificado en pos del espectáculo visual.


Y eso es algo que ocurre en Immortals, una propuesta que ha sido, es y será comparada con 300 (Zack Snyder, 2006) no sólo por el hecho de que viene de la mano de los mismos productores, sino también por el personalísimo y marcado carácter visual que tanto Snyder como Singh disponen en pantalla en sus producciones y que es una característica que de alguna manera les une. El de Wisconsin ya ha dejado su sello inconfundible en propuestas como Amanecer de los Muertos (2004), la propia 300, Watchmen (2009) o Sucker Punch (2011), mientras que el director indio sembró con La Celda (2000)  las originales y bizarras bases visuales y artísticas de su cine, que luego siguió explotando en The Fall - El Sueño de Alexandria (2006).

Aunque intrascendente para muchos, a mi me ha resultado una película bastante entretenida. Eso sí, confieso haberme sentado frente a la pantalla con la simple intención de pasar un buen rato sin tener en cuenta que el guión es realmente pobre y que cuenta una historia que ya hemos visto con anterioridad en innumerables ocasiones, quizás con mayor consistencia, pero no con un grado de espectacularidad mayor que en esta ocasión. Immortals sabe que su gran baza reside en el derroche visual y la fuerza de las imágenes, y no escatima esfuerzos en ese sentido. Tarsem Singh lo sabe y por ello pulsa de manera premeditada los resortes necesarios para que obviemos esa pobreza argumental: la fuerza de las imágenes, la potencia contundente de los efectos especiales, escenarios y localizaciones de fantasía y un diseño de producción cuidadísimo y embriagador que incluye un vestuario excepcional. ¡Y qué decir de las escenas de acción! Articuladas en torno a una serie de orquestadas coreografías, las escenas de lucha son, sin ningún género de duda, lo más entretenido del film, derivando en ocasiones -la lucha de los Titanes contra los Dioses del Olimpo- en una auténtica carnicería en la que la sangre y las vísceras son protagonistas absolutos.


Al frente del reparto y como protagonista de la historia tenemos a Henry Cavill, el próximo Superman -que está dirigiendo Zack Snyder bajo la supervisión del gran Christopher Nolan, que participa en el guión y es productor del film-, que aporta presencia física e intensidad a la hora de construir a Teseo, héroe de turno y al que, sinceramente, creo que le faltan aún algo de tablas en esto de la interpretación. El que se come la pantalla y se apropia del protagonismo en todo momento es, como suele ocurrir, el villano de la función, que en este caso es el Rey Hiperión, interpretado por un buen Mickey Rourke que parece dispuesto a pasárselo en grande interpretando este tipo de papeles, como ya hiciera con Whiplash en Iron Man 2. La que pasa sin pena ni gloria es Freida Pinto, con una sosa actuación sin apenas trascendencia y relevancia. Del resto del reparto destacaría a un correcto Luke Evans poniéndose en la piel de Zeus y la presencia testimonial del prolífico actor británico John Hurt. La actuación de Stephen Dorff es demasiado superficial como para emitir cualquier tipo de opinión al respecto. Digamos que aparece, sin más.


A pesar de sus casi dos horas de metraje, he de decir que el film pareció transcurrir en un suspiro y me entretuvo, cosa que en los tiempos que corren no es moco de pavo. Insisto en que el hecho de acudir al cine sin más pretensiones que disfrutar de una historia simple pero con sus dosis adecuadas de acción, violencia y brutalidad se me antoja básico y fundamental para no salir decepcionado. Evidentemente, y si buscamos comparaciones, no es la mencionada 300, pero sí que es infinitamente superior a Furia de Titanes, de Louis Leterrier (2010), que se erigió por deméritos propios en una de las grandes decepciones del 2010.


In Time (Andrew Niccol, 2011)

Título original: In Time   Género: Ciencia Ficción, Acción
Duración: 109 minutos   País: EE.UU.
Dirección: Andrew Niccol   Guión: Andrew Niccol
Música: Craig Armstrong   Web: intime.es

En un futuro en el que se ha conseguido la fórmula de la eterna juventud, el tiempo se ha convertido en la única moneda de cambio para una sociedad sumida en un profundo desequilibrio. Los ricos casi pueden vivir para siempre, mientras los más desgraciados tienen que trabajar y sufrir para ganarse cada minuto de vida. Después de conseguir una inmensa cantidad de tiempo, Will Salas, un joven obrero, intentará cambiar el sistema establecido. Perseguido por los guardianes del tiempo, en su huida tomará como rehén a la hija de un millonario magnate del tiempo.  


De vez en cuando un poco de ciencia ficción nunca viene mal y la última ración que he ingerido viene de la mano de Andrew Niccol, responsable en su día como director de películas tan interesantes como Gattaca (1997) o El señor de la guerra (2005), y guionizando la maravillosa El show de Truman (1998). Además, el planteamiento inicial de In Time es más que interesante: tenemos una sociedad distópica en la que los seres humanos han sido genéticamente manipulados para que dejen de envejecer a los 25 años; el tiempo es ahora la única moneda de cambio a la vez que en un mecanismo para evitar la superpoblación; y, además, ese uso del tiempo ha provocado que los ricos acumulen cientos, miles de años en sus relojes vitales, mientras que la clase obrera tenga que vivir al día, al límite, con apenas unas horas de vida en su muñeca. Es innegable que resulta un punto de partida potente y una lanzadera poderosa desde donde articular una muy buena historia partiendo de esa base.


En esa nueva y desequilibrada sociedad, Justin Timberlake es Will Salas, una de esas personas que viven al día cuya vida dará un giro descomunal. Hay que reconocer que el señor Timberlake no se desenvuelve mal en esto de la interpretación, aunque creo que los papeles protagonistas todavía le quedan algo grandes. Junto a él está una sosa Amanda Seyfried que pasa buena parte de la película con el mismo gesto. La inclusión de la típica y tópica historia romántica entre estos dos personajes es el primer paso importante que la película da hacia la vulgaridad: chico conoce a chica, ninguno es feliz viviendo las vidas que viven y deciden unir sus esfuerzos por cambiar su destino. Demasiado convencional.

Del resto del reparto, hay que destacar a Cillian Murphy, actor que siempre añade interés a la ecuación. El irlandés es uno de esos actores camaleónicos capaz de conseguir muy buenos resultados en casi cualquier registro, y en esta ocasión se encarga de dar vida a Raymond Leon, Guardián del Tiempo, aunque ya me hubiera gustado verlo de protagonista. Lo de Olivia Wilde es prácticamente testimonial, casi un cameo, al igual que lo de Johnny Galecki, nuestro Leonard en The Big Bang Theory.


El otro gran pero que se le puede achacar al film son las escenas de acción. Quizás el director contemplaba como su plantamiento inicial se estaba estancando con la historia romántica de turno y decidió meter escenas de acción de dudosa calidad a una película que realmente no las necesitaba. Para muestra, un botón: la escena del accidente de coche, realmente pueril y mal resuelta. Y el colofón en cuanto a esos detalles que estropean una idea con tantas posibilidades es la abundancia de incoherencias en el guión y a nivel narrativo, con algunos detalles que chirrían y no terminan de encajar.

Pese a ello, no es una mala película. Técnicamente no está mal, y destaca por su fotografía y una dirección artística más que correcta, además de plantear una puesta en escena contenida y sin alardes tecnológicos estridentes y apabullantes. Lo que sí es cierto es que te deja con la sensación de haber sido testigo de cómo una historia con un potencial increible se desaprovecha al redundar una y otra vez en la historia de los dos protagonistas, un auténtico correcalles al más puro estilo Bonnie & Clyde o Robin Hood. Aunque entretiene, podía haber dado mucho más de sí.






Attack the Block (Joe Cornish, 2011)

Título original: Attack the Block   Género: Terror, Ciencia Ficción
Duración: 85 minutos   País: Reino Unido
Dirección: Joe Cornish   Guión: Joe Cornish

El bloque de viviendas sociales de un suburbio del sur de Londres es el hogar de una pandilla de adolescentes problemáticos que una noche, tras la caida de un meteorito, acaban con la vida de una extraña criatura. Lo que los jóvenes desconocen es que se trata de una invasión alienígena en toda regla formada por criaturas letales que han elegido el peor lugar posible de Londres para iniciar su conquista.

Attack the Block supone el debut en la dirección de Joe Cornish -colega de Edgar Wright (Shaun of the Dead, 2004) y guionista de la reciente Las aventuras de´Tintín: El Secreto del Unicornio (2011)- y el resultado se traduce en una curiosa aportación al cine de invasiones alienígenas, alejado esta vez de grandilocuentes y mastodónticas operaciones orquestadas para invadir la Tierra a gran escala que siempre se centraban en territorio norteamericano. En esta ocasión, las criaturas extraterrestres aterrizan en el Viejo Continente -más concretamente en unos suburbios de Londres- y los encargados de expulsar a estos alienígenas a base de patadas en el culo son unos chicos un tanto problemáticos que pasan de robar y asaltar a transeúntes en las inmediaciones de su barrio a tener que salvar el mundo de los súbitos invasores del espacio exterior.


El film viene de cosechar una extensa lista de críticas positivas y hasta de conseguir el premio de la Crítica, el del Público, mejor Banda Sonora y Mención Especial del Jurado en el reciente Festival de Sitges 2011 y, a pesar de ello, no me ha parecido un film digno de toda esa retahíla de elogios ni tan destacable, original y divertido como muchos lo califican. No cabe duda de que se trata de una propuesta resultona a nivel visual dado su reducido presupuesto -8 millones de libras- y que intenta enfocar el género de las invasiones extraterrestres bajo un prisma diferente y no tan manido, pero la innovación no es tan determinante y cuando tratan de introducir cierta crítica a la sociedad actual se quedan en lo dicho: en el intento. 


El desarrollo es típico, tópico por momentos y, en ocasiones, bastante pueril. El intento de situar al espectador en la vicisitud de tener que posicionarse del lado de los extraterrestres o de los chicos malos de barrio queda desmontado a las primeras de cambio -yo prefiero mil veces a los bicharracos del espacio exterior antes que a la panda de ninis protagonista- y, además, ninguno de los personajes hacen gala de una personalidad destacable ni muestran un carisma desbordante, a excepción de Moses, personaje a cargo de un John Boyega que ofrece la mejor interpretación del fim. En el lado opuesto tenemos a Nick Frost con un rol totalmente secundario, prescindible y que no aporta nada a la historia más que el nombre para servir como reclamo comercial a la hora de captar espectadores. También habría que comentar un guión que cuenta con algunos momentos realmente forzados y situaciones resueltas de manera apresurada y superficial.

Tampoco es que cuente con unos efectos especiales espectaculares, aunque si cumplidores y efectivos si tenemos en cuenta el presupuesto. Donde más se nota la austeridad es en el diseño simple de las criaturas, una especie de perros o monos del espacio negros como la boca del lobo y con una dentadura fluorescente, pero sin el cerebro ni la mala baba necesaria para poner en mayores aprietos al grupúsculo adolescente protagonista. Originales son, no cabe duda, pero bastante inocentes también, y hubiera dado mucho más juego "humanizar" a estas criaturas y dotarlas de algo más de inteligencia para concebir un enemigo mucho más potente.

Si tenemos en cuenta que en esta historia el terror brilla por su ausencia y la ciencia ficción apenas está representada por las criaturas extraterrestres, nos queda un film entusiasta para adolescentes con algo de acción y mucha aventura. En cuanto a su capacidad para entretener, no cabe duda de que es un film voluntarioso, pero tengo que reconocer que la tuve que ver en varias partes porque me aburría soberanamente. Sinceramente, película para pasar el rato sin más. 


Spartacus: Gods of the Arena


Después del tremendo éxito de la serie Spartacus: Blood and Sand, la cadena Starz no dudó en ponerse manos a la obra con una segunda temporada que continuara narrando los acontecimientos desatados por Spartacus y los suyos en la primera temporada. Pero, como todos sabeís, al protagonista principal Andy Whitfield le fue detectado un linfoma no-Hodgkin que le apartó del rodaje, primero momentáneamente y luego de forma definitiva hasta que apenas dieciocho meses después de serle detectada la enfermedad falleció dejando un vacío en la serie difícil de llenar, responsabilidad que va a recaer en Liam McIntyre. La cuestión es que mientras Whitfield luchaba contra el cáncer con la esperanza de recuperarse, la cadena Starz intentó ganar tiempo hasta la completa recuperación del actor creando una especie de precuela de seis episodios.que mostrara hechos acontencidos antes de lo visto en la primera temporada.


Así, Spartacus: Gods of the Arena nos cuenta los primeros pasos de Batiatus al frente del ludus, haciéndose cargo de manera momentánea mientras su padre se recupera de una enfermedad crónica lejos de Capua. Ya conocemos a Batiatus: sabemos que es un hombre ambicioso y que no se conformará con dirigir el ludus de su padre mientras éste se encuentra ausente. Busca la gloria y ansia como nadie el protagonismo, y junto a Lucretia no dudará en hacer cuanto esté en su mano para conseguir sus propósitos y situar el ludus que ahora regenta hasta la elevada posición de la que fuimos testigos en Blood and Sand. John Hannah vuelve a interpretar con maestría a Quintus Lentulus Batiatus, bordando en esta ocasión la enorme evolución que sufre su personaje desde cierto posicionamiento pusilánime inicial hasta convertirse en el enorme hijo de puta que vimos en la primera temporada. De Lucy Lawless poco que contar: sigue igual de maravillosa en su papel de Lucretia, la mala malísima que maneja los hilos a su antojo.


En esta ocasión es el galdiador celta Gannicus, interpretado por Dustin Clare, el gran protagonista tanto dentro como fuera de la arena. Con privilegios que el resto de gladiadores apenas alcanzan a imaginar, Gannicus también evoluciona y pasa de ser un gladiador despreocupado y descarado a una persona con escaso apego a la vida y una dramática situación a sus espaldas. Manu Bennett vuelve a dar vida a Crixus el galo, que en esta ocasión es un recién llegado que poco a poco irá escalando posiciones en el ludus hasta convertirse en el Campeón de Capua, tal y como pudimos ver en la primera temporada.

Además, nos encontraremos con caras nuevas y también con rostros conocidos, como el de Oenomaus -Peter Mensah- y su ascenso desde gladiador hasta sustituir al anterior Doctore, además de su dramática historia de amor con la esclava Melitta -Marisa Ramirez-; seremos testigos de cómo Solonius -Craig Walsh-Wrightson- deja de ser amigo de Batiatus y sus motivos; y veremos cómo se lesiona Ashur -Nick Tarabay-  hasta el punto de ser apartado de la arena para convertirse en un simple esbirro al servicio de las intrigas palaciegas...

De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Batiatus, Lucretia, Tullius, Solonius, Gannicus, Ashur, Crixus, Doctore, Barca, Oenomaus, Gaia y Melitta
Totalmente recomendable tanto si has visto la temporada inicial -la ya mencionada Spartacus: Blood & Sand- como si te acercas por vez primera a este universo de luchas a muerte en la arena, intrigas palaciegas, traiciones, intensas y complejas relaciones entre personajes y, como ocurría en la temporada anterior, ingentes cantidades de sangre, vísceras y sexo. Con un ritmo que va totalmente in crescendo desde el arranque hasta el sangriento y brillante desenlace -impresionante tanto a nivel visual y emocional- que me dejó un sensacional sabor de boca y unas ganas tremendas de que la tercera temporada, titulada Spartacus: Vengeance, se estrene a finales de enero del próximo 2012. Sin duda alguna, esta precuela de seis episodios ha resultado ser un entretenimiento difícil de superar aunque, eso siempre, con Andy Whitfield en el recuerdo. Os dejo con el trailer de la próxima temporada para ir abriendo boca...








Red State (Kevin Smith, 2011)

Título original: Red State   Género: Thriller, Terror
Duración: 85 minutos   País: EE.UU.
Dirección: Kevin Smith   Guión: Kevin Smith

Tres adolescentes  contestan a un anuncio de una mujer madura que busca sexo. Lo que empieza como una fantasía da un oscuro giro cuando se topan cara a cara con una terrorífica fuerza "sagrada" con una agenda pendiente fatal. Caerán así en la trampa mortal de un grupo fanático religioso liderado por el predicador Cooper, personaje inspirado en la figura real de Fred Phelps, líder y fundador de la Iglesia Bautista de Westboro, comunidad con un odio extremo hacia los homosexuales.


Turno ahora para una de las películas más polémicas de los ultimos meses, no porque la historia que cuenta sea escabrosa o muestre cosas que nunca antes hayamos visto, sino porque viene firmada por un Kevin Smith -el director indie clave en los años '90- que se desmarca de sus géneros habituales, y porque se ha establecido como una de esas películas que no tiene término medio: o te gusta o la detestas, dualidad que se ha acentuado después de que Red State se alzara con el galardón de Mejor Película en el Festival de Sitges de este año 2011. En mi opinión, es una película decente que, aunque podía haber dado mucho más de sí, no es el truño infumable que muchos han visto en ella. Cuestión de gustos...


En un principio la historia parece discurrir por los derroteros clásicos del cine de terror convencional. Tenemos un trío de adolescentes que, debido a sus revolucionadas hormonas, se dirigen hacia lo que cualquier espectador ducho en el género distinguiría como una trampa muy evidente. Pero claro, ajenos a ese saber empírico que viene otorgado por largas horas fagocitando cine de terror, los chavales se meten de lleno en la boca del lobo y caen prisioneros. Hasta aquí se extiende el primer acto, apenas una tramposa carta de presentación en la que Kevin Smith intenta hacer creer al espectador que se encuentra ante una película de género convencional.


Es entonces cuando el director de Clerks (1994) y Mallrats (1995) descubre parte de sus cartas y nos muestra qué tiene entre manos: los chicos acaban de caer en manos de una congregación religiosa extremadamente fanática y fundamentalista, liderada por el reverendo Abin Cooper -tremenda actuación por parte de Michael Parks, convincente al cien por cien como líder ultracristiano exacerbado y majareta-, que se marca un sermón realmente estremecedor en el que deja bien claro su aversión hacía los homosexuales y somos testigos del terrible destino que Dios y él mismo les tiene reservado a los jóvenes, que han sido confundidos con gays. Otra que brilla con luz propia gracias a su buena interpretación es Melissa Leo, en esta ocasión dando vida a Sara, una de las mujeres protagonistas de esta familia religiosa un tanto desquiciada. Este segundo acto es escalofriante por momentos, con grandes dosis de terror "real" provocado no por criaturas extrañas ni por asesinos del más allá, sino por monstruos humanos que asustan cuando muestran los oscuros recovecos de su alma, manejada por un loco a su antojo. Mención especial para la gran tensión contenida y finalmente desatada que se vive en este tramo de film,y baste como muestra una trepidante persecución dentro del edificio de la congregación y otro par más de escenas que prefiero no desvelar. Eso sí, la crítica al fundamentalismo religioso extremo y a la intolerancia de los fanatismos no puede ser más explícita en este tramo de la historia.


A partir de aquí es cuando entran en escena la ATF (Bureau of Alcohol, Tobacco, Firearms and Explosives) con el agente Joseph Keenan al mando -personaje que recae sobre John Goodman en lo que supone la otra gran interpretación del film- y se desata una espiral de violencia y destrucción que abarca un adrenalítico tercer acto cimentado totalmente en un aumento considerable de la acción y que esconde otra nítida crítica, esta vez a las formas y procedimientos de las fuerzas de seguridad. Está claro que todos reciben lo suyo por parte de un Kevin Smith que atiza a diestro y siniestro. El punto y final lo pone un epílogo centrado en el personaje de John Goodman con una conversación -casi un monólogo- con el que se vuelve a criticar al gobierno de los EE.UU.


En resumidas cuentas, Red State no es una maravilla de película, pero sí que tiene a su favor una serie de puntos fuertes a tener en cuenta. Lo primero es que considero ese deambular entre géneros -aunque titubeante- un acierto ya que el espectador es sorprendido una y otra vez con cada giro que da el argumento y con ese baile de situaciones que van desde el terror al drama, pasando por algo thriller y un poco de acción, todo ello con algunas pinceladas de humor negro dispuesto de manera sutil. También cuenta a su favor con tres grandes interpretaciones -Michael Parks, John Goodman, Melissa Leo- que sobresalen por encima del resto del reparto. Por último hay que reconocer que aunque puede que se quede corto a la hora de la verdad, la apuesta de Kevin Smith es arriesgada al criticar sin tapujos a los tres estamentos mencionados anteriormente. Pero también tiene sus defectos, claro está: un guión en ocasiones confuso, situaciones demasiado forzadas, una conversación final que -en mi opinión- sobraba y la sensación generalizada de que podía haber sido más, mucho más. Pero insisto: es una historia relativamente correcta si tenemos en cuenta que es la primera película de Kevin Smith que se aleja de su hábitat natural.


Oldboy [올드보이] (Chan-wook Park, 2003)

Título original: 올드보이   Género: Drama, Thriller
Duración: 120 minutos   País: Corea del Sur
Música: Hyun-jung Shim  

Un día de 1988, Oh Dae-su es secuestrado. Cuando se despierta, está encerrado, sin saber dónde ni por qué. Mientras está confinado escucha en las noticias que su esposa ha sido brutalmente asesinada y la policía le busca como principal sospechoso ya que se ha encontrado sangre suya en el lugar del crimen. El tiempo pasa, y decide escribir todo lo que ha hecho en su vida que haya podido causar dolor a otros, además de jurar que se vengará del hombre que ha destruido su felicidad. Hasta que llega el día en que es liberado 15 años después, dejándole un teléfono móvil y una cartera llena de dinero. Recibe la llamada de un extraño, que le dice que ahora le toca descubrir el porqué de su encarcelamiento. 


Oldboy es una de esas películas que dejan un imborrable sabor de boca una vez disfrutada y otro de esos films que pasan directamente a mi olimpo particular de historias imprescindibles. Y es curioso, porque una vez más se trata de una producción oriental que en este caso llega desde Corea del Sur y que se basa, en gran parte, en el manga japonés homónimo (Old Boy aka オールド・ボーイ aka Ōrudo Bōi) escrito por Garon Tsuchiya e ilustrado por Nobuaki Minegishi. Reconozco que últimamente las mejores películas que he visto provienen en su mayoría de Asia, y no creo que sea mera casualidad, por lo que buscar en el cine de dicho continente con más frecuencia...

En esta ocasión, el director Chan-wook Park nos ofrece una historia que gira en torno a los sentimientos humanos, centrada más concretamente en el deseo y la obsesión por la venganza. Dae-Su -un enorme Min-sik Choi- es el atormentado personaje principal que será secuestrado durante quince largos años por un completo desconocido que, cuando le libera, le invita a averiguar el por qué de su dilatado encierro. Además, mientras está recluido, su mujer es asesinada y éste es señalado como principal sospechoso. Con todo esto, no es de extrañar que cuando queda en libertad el odio haya devorado su alma y sólo tenga deseos de llevar a cabo su terrible venganza sobre el hombre que le ha privado de casi todo lo que tenía. Poco a poco Dae-Su irá desentramando los oscuros secretos de su captor y los motivos de su secuestro, a la vez que la venganza, convertida en motor de su nueva vida, le acerca cada vez más al abismo de la autodestrucción atravesando una montaña rusa de dolor, violencia, odio y venganza de la que somos totalmente partícipes.
Ríe, y el mundo entero reirá contigo. Llora y llorarás sólo.
Al enorme atractivo narrativo de la historia -un delicioso thriller dramático que mezcla acción, misterio, tragedia y romance a partes iguales con toques de auténtico humor negro- hay que sumarle el enorme nivel técnico del film, excelente a todos los niveles: una fotografía preciosa, planos tremendamente originales,  una genial banda sonora que guía al espectador durante todo el metraje, un potente y atractivo velo audiovisual que te atrapa y no te suelta hasta el desenlace -que, todo hay que decirlo, es uno de esos finales que permanecen en la memoria para siempre- y un ritmo ágil e hipnótico que nunca decae a pesar de que la densidad de la historia. Y además, somos testigos de un buen puñado de escenas de esas que permanecen grabadas a fuego en nuestro subconsciente para siempre, pudiendo mencionar algunos ejemplos que van desde el famoso plano-secuencia del pasillo y el martillo, hasta el momento en el que Dae-Su se come un pulpo vivo, pasando por la delicadeza de una ortodoncia a base de martillazos. Son escenas potentes, algunas violentas pero en ningún momento desagradables, y repletas de fuerza y de belleza casi poética. Las palabras se quedan cortas para describir el aura de la película.


Ya hemos comentado que Choi Min-sik se come la pantalla interpretando a Dae-Su con una actuación bestial que denota entrega y pasión por su trabajo. Lo de este actor nacido en Seúl en 1962 empieza a ser de escándalo y sus continuas actuaciones de nivel piden a gritos un gran premio internacional. En esta ocasión nos regala la dramática evolución, a todos los niveles, de un personaje totalmente atormentado que transita entre la venganza y la redención, la soledad y el odio, para llegar a niveles que rozan la locura. Junto a él, dos pilares sustentan la historia a nivel interpretativo: uno es Yu Ji-tae dando vida a Lee Woo-jin, el "villano" de la función -y uso aquí las comillas porque ésta es una de esas historias en las que llega un punto donde el bien y el mal se confunden, haciendo imposible distinguir a los buenos de los malos-, personaje brillante y turbador, responsable del secuestro de Dae-Su y poseedor de un secreto con bastante peso en el film. La tercera en discordia es Kang Hye-jung, la protagonista femenina que da vida con candidez e inocencia a Mido, otro personaje que esconde secretos y cuya relación con Dae-Su será clave en el devenir de la historia. La intensa y misteriosa relación del trío protagonista es, junto a sus motivaciones, sus miedos, y sus deseos, el auténtico motor de la historia, y el mérito recae, a partes iguales, en la habilidad del guión engarzando sus historias y en la excelente labor interpretativa de los tres.


Película fascinante y embriagadora, sencillamente imprescindible y con un poderío narrativo y visual impresionante que a mí, personalmente, me ha cautivado. Es un torrente de emociones que van desde la soledad hasta el drama, pasando por la culpabilidad, la venganza, la redención, el amor, el odio, y la locura hasta desembocar en el tremendo desenlace, fijado en mi cabeza desde el primer día en que la disfruté. Por si fuera poco todo esto, juega a su favor la baza de la ambigüedad moral cuando el bien y el mal empiezan a confundirse por momentos y no se puede distinguir entre buenos y malos, entre héroes y monstruos. A eso le sumamos sus buenos personajes, actuaciones memorables -¡enorme Choi Min-sik!- y grandes escenas para el recuerdo. Todo ello la convierte, vuelvo a insistir, en una auténtica obra maestra que debería proyectarse sí o sí en cualquier clase, curso o asignatura sobre el Séptimo Arte.



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