El bosque es un lugar demasiado oscuro y profundo, tengo promesas que cumplir y mucho que viajar antes de poder dormir...

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Pesadilla

Antes de nada, felicitaros el año a tod@s, que la última actualización se remonta ya al 2006....Espero que lo mejor del 2006 sea lo peor en este nuevo año que acabamos de estrenar. A vivir!! Este "relato" que os encontrais a continuación es la narración de una pesadilla que he tenido varias veces a lo largo de mi vida, aunque hace ya muchos años que me visitó por última vez, al menos hasta hoy. No, no tomaba ni drogas ni alcohol por aquel entonces, asi que esta paranoia no es atribuible a dichas sustancias. No tengo ni la más remota idea de lo que significa, sólo sé que tuve el mismo sueño 3 ó 4 veces, la primera vez cuando era un niñato de 13 años, y la última, cuando decidí plasmarla por escrito, en el año 2001. El último sueño que tuve lo recuerdo como si acabara de despertar tembloroso y petrificado con la misma sensación de angustia, soledad y desesperación de aquella madrugada, hacía ya diez años. Joder, la recuerdo como si fuera ayer. Y ese recuerdo seguía ahí, en quién sabe que rincón de mi mente. Tendría unos trece años cuando padecí aquella pesadilla. Si, pesadilla, ya iba siendo hora de quitarle la etiqueta de sueño. Supongo que después de un sueño no despiertas de la manera en que yo lo hice, con aquel sentimiento horrible bañando mi cuerpo, mi mente, incluso haciendo que mi boca y mi saliva supieran fatal, como a cieno podrido. Joder, aún ese horrible resabio volvía a veces a mi paladar cíclicamente en oleadas, como esos círculos que se forman en el agua cuando arrojas una piedra y rompes la tranquila superficie de espejo bruñido. Aquella noche estaba leyendo en la cama, como todas las noches, con la cabeza apoyada sobre un par de cojines bastante raídos ya por el uso diario. Solía leer bastante, desafiando mi capacidad para levantarme a la mañana siguiente en plenas facultades y con la carga de energía suficiente para afrontar un día de colegio. Bobadas, ¿por qué interrumpir aquella afición tan gratificante? Cuando llevaba ya un par de horas sumergido en la lectura el cansancio comenzaba a afectarme. Un sonoro bostezo emanó de mi boca como advirtiendo que ya iba siendo hora de dejar la lectura, al menos por esa noche. Aquellas patitas de mosca impresas en el papel comenzaban ya a bailar suavemente, pero su baile iba derivando en una danza frenética cada vez más rítmica y apabullante que era incapaz de soportar sin marearme. Me detuve en el siguiente punto y aparte, sólo tardé unos minutos. Cerré el libro y le eché un vistazo a la portada antes de disponerme a disfrutar del merecido sueño reparador, donde podía leerse “La Historia Interminable”, de Michael Ende, sobre el dibujo de lo que parecía ser una torre blanca en espiral. Dejé el libro en la mesita de noche y arrojé los cojines por el lado derecho de la cama. Quitándome las gafas de dos dioptrías, fruto de mi voracidad lectora (eso decía el oculista, pues no tenia antecedentes en mi familia), las guardé en el primer cajón y apagué la luz, cobijándome entre las sábanas. Comencé a repasar mentalmente lo que iba a suponer para mí la mañana siguiente. ¿Había hecho las tareas de Matemáticas? Si, aunque las odiaba. Odiaba los números. Números por aquí y números por allá que no me transmitían nada, ninguna sensación, ningún sentimiento. ¿Y la redacción de Historia? También. Aunque eso era otra cosa. Al menos la Historia me permitía colarme en la vida y la piel de no pocos hombres. Era como leer, leer adoptando la personalidad del personaje protagonista. Poco a poco me quedé dormido, mientras entre una nube de cansancio le dabas vueltas en mi cabeza a los avatares que pendían sobre Bastian, el protagonista del libro que estaba junto a mi en la mesita. El sueño me venció al fin... ¿Estaba despierto? Mis ojos intentaban ver y mis orejas trataban de oír entre la oscuridad y el silencio. Una agitada respiración comenzó a teñir el silencio sepulcral que invadía el cuarto. Era mi propia respiración, como la que me sobrevenía cuando terminaba la clase de Educación Física en el colegio y me doblaba sobre mí mismo con las manos apoyadas en las rodillas para tratar de recuperar el resuello. Unos ojos desorbitados, brillantemente blancos se fijaron en mí. Tardé unos segundos en escudriñar la oscuridad y comprender que pertenecían a un gorila de peluche que sentado en la estantería de enfrente parecía burlarse de mi grotesca situación de desesperanza. Esos segundos que transcurrieron hasta que descubrí el dueño de aquella mirada me parecieron eternos. Mi cuerpo se incorporó bruscamente, mis manos se extendieron y se agarraron al vacio. Era capaz de sentir la soledad y desesperación del momento. Además sentía que estaba vivo, muy vivo, más vivo que nunca. O al menos eso me pareció. Cerré los ojos tras apartarlos de la fantasmagórica mirada del primate burlón. Si, estaba despierto. Y vivo. Notaba como la sangre circulaba por mis venas y podía contar los sordos latidos de mi corazón. Mi respiración agitada fue poco a poco tornándose en suspiros cada vez más apagados hasta recobrar el ritmo supuestamente normal. No quería llamar la atención de nada ni nadie, de cualquier cosa horrible o criatura maligna agazapada bajo mi cama esperando un momento de descuido por mi parte para abalanzarse sobre mí, totalmente indefenso y más desnudo que nunca, solo cubierto por una finísima sábana como la mortaja que envuelve cuidadosamente el cuerpo de un cadáver en la morgue. Además, me di cuenta de que la fantasmal sábana comenzaba a adherirse a mi cuerpo merced a las pequeñas gotas de sudor frío que me cubrían cada centímetro de piel, metamorfoseándome en un paquetito de carne listo para degustar. Me sentía como la presa de una araña que, una vez atrapada en la red, había sido ceñida con la pegajosa fibra proveniente del abdomen del arácnido. Allí, en la despensa de la bestia y sumido en el pavor, intentaba despojarme de mi camisa de fuerza. El agarrotamiento de mis articulaciones se fue desvaneciendo paulatinamente, a la vez que mis ojos se abrían el mínimo suficiente para reconocer el entorno. Seguía en mi habitación, un hábitat familiar y acogedor para mí pero que esa madrugada se había convertido en el peor de los escenarios para un proyecto de hombre de trece años que acababa de ser atormentado por una sobrecogedora pesadilla, por una experiencia irreal que no deseaba le ocurriera al peor de sus enemigos. No, demasiado terror puro condensado en tan breve espacio de tiempo. Volví a cerrar los ojos, no quería ver nada, ni siquiera intentar reconocer cualquier cosa agradable que estuviera por allí cerca. No tenía el valor necesario. Un buen rato estuve ahí, petrificado, intentando localizar el foco de tanto pavor. De repente me di cuenta de que sabía donde estaba, pero no qué hora era. Cuando después de unos minutos pesados me deshice de la rigidez de mis brazos, extendí la mano derecha hasta dar con el reloj de pulsera digital que llevaba en la muñeca izquierda. Tanteé la esfera de metal galvanizado hasta dar con un pequeño botoncito que sobresalía a un lado del reloj: era el botón de la luz. Al presionarlo, abrí los ojos el tiempo justo para ver que la pantalla esférica se iluminaba y por un momento incluso me deslumbraba. Aquel fulgor azulado desafiaba la oscuridad que devoraba suelo, paredes y techo, y mi vista se aferró al ínfimo foco de luz del reloj que hacía frente a la boca de lobo que cernía sus fauces sobre mí. Pude ver que marcaba las cuatro y veintisiete de la madrugada. Haciendo un cálculo mental, que debido a la situación creo me llevó demasiado tiempo, llegué a la conclusión de que había dormido unas dos horas y media. Ese era el tiempo transcurrido desde que dejé el libro en la mesita y guardé mis gafas de miope en el primer cajón. Ahora que sabía a ciencia cierta donde estaba y qué hora era, decidí que debía incorporarme para, de alguna manera, acabar con la angustia que me ahogaba. Sí, eso era lo que tenía que intentar. Haciendo acopio de todo mi arrojo conseguí despojarme del abrazo de las sábanas y me senté en el lado izquierdo de la cama. Tenía los ojos salvajemente cerrados, tanto que tras los párpados comenzaba a ver volar pequeñas partículas de colores en todas las direcciones. Tembloroso, uno de mis brazos se extendió y palpando con mucho cuidado logré asir entre mis dedos el interruptor de la pared y accionarlo, no sin antes estirarme hasta lo inverosímil para alcanzarlo sin moverme demasiado, pues tenía la sensación de que inmóvil estaría mejor hasta que la luz apareciera en el agujero oscuro donde me encontraba. Supe que había encendido la luz por el sonoro “¡clic!” que hizo añicos el todavía silencio irrespirable. Poco a poco el tráfico de lucecitas en mis ojos fue desapareciendo, a la vez que yo deshacía la tenacidad con la que apretaba fuertemente mis párpados. De esa forma, sentado en el borde de la cama, con la luz encendida triunfalmente y todavía bañado en una fina escarcha de sudor frío, como si de rocío mañanero se tratase, abrí los ojos con muchísima desconfianza hacia todo lo que me rodeaba, aunque ahora estuviese ya alumbrado. Todo mi cuarto estaba sometido a la blanca irradiación de la lámpara, y ningún rincón quedaba sin la reveladora luz que de ella provenía. Todos esos rincones ahora revelados fueron escudriñados uno a uno por mis sentidos, por un lado atemorizados aún, y por el otro ansiosos por descubrir la razón de la angustia que acababa de arrollarme, y de la que incluso ahora todavía, pasado el pavoroso clímax, seguían quedándome jirones en la regularidad de mi cuerpo y de mi entender. Lentos y atormentados fueron los minutos que transcurrieron hasta que comprendí que, una vez depurada casi en su totalidad mi percepción de la realidad allí palpable, no debía buscar motivos ni conclusiones en mi habitación. Finalmente advertí que la raíz de toda aquella zozobra se hallaba dentro de mí, en mi imaginación, en mi mente... en algún rincón de ella. La alucinación la había creado yo, la había sufrido yo, y sólo yo era el procesado. Y condenado. Mi condena era iniciar un viaje al fondo de mi razón para conocer el por qué de la pesadilla que había sacudido los cimientos de mi entendimiento y su alcance. Pero antes tenía que hacer otra cosa que mi de nuevo enderezado organismo solicitaba: debía ir al baño, pues me estaba meando. Después de haber cargado y sufrido con lo acontecido en mi “reparador” sueño, cruzar el pasillo desde mi habitación hasta el cuarto de baño era pan comido, aunque no me olvidé de encender la luz del aseo antes de entrar, claro. Una vez me hube desahogado, volví al escenario del crimen. Entonces me encontraba mucho más tranquilo, como si la visita al water me hubiese valido para deshacerme de algo más que de toxinas inaprovechables para mi cuerpo. Me volví a sentar en el mismo lugar al borde de la cama que había ocupado cuando me incorporé y hundí la cabeza entre mis manos, como si tratase de crear con ellas una cámara de aislamiento para intentar rebuscar más sosegadamente en mi mente. Intenté poner orden dentro de mí, repasando mentalmente todo lo que había hecho antes de disponerme efectivamente a dormir, creando un proceso necesario para clarificar lo acontecido y para poner paz en todo ese asunto que hacía ya un rato me había atormentado. Tardé poco, pues desde que me acosté en la cama no había hecho otra cosa que leer hasta que la fatiga me venció y me exigió descanso. Entonces la pesadilla volvió a mí. No tuve más remedio que entonar el “mea culpa”. Yo la había buscado en los recovecos de mi memoria y ella se mostraba ante los ojos de mi mente, nítidamente, como el paso fugaz pero claro de los fotogramas de una película. Lo primero que vislumbré fue mi estampa de espaldas, incorporado, apenas una silueta recortada turbiamente en la viscosa oscuridad, e inmóvil. Ante mí, lejos, muy lejos, tan lejos que aún caminando hacia ella durante un millón de años no parecía poder alcanzarla jamás, se erguía majestuosa una rosa de color escarlata, de proporciones extraordinarias. La rosa estaba formada por inmensos pétalos semejantes a lienzos de color carmesí que se entretejían y superponían unos con otros formando el brote. Un largo tallo robusto como el tronco de un roble estaba jalonado de espinas similares a clavos de monumental calibre. El cegador brillo que despedían las espinas en el extremo anunciaba sin duda que estaban realmente aguzadas y que no cumplían otro cometido que no fuese el de empalar a todo lo que se atreviese a acercarse a la escudada propietaria. La monstruosa flor parecía brotar dinámicamente de un enorme rosal formado de flores de un tamaño mucho más reducido, natural, pero estéticamente iguales a la “reina”. Sí, porque la rosa gigante parecía estar recibiendo elogios y alabanzas de sus súbditos a escala, y se cimbreaba livianamente a un lado y a otro respondiendo a las muestras de cariño que esos seres semejantes le proferían, como si entablasen un diálogo entrañable y cadencioso. Ninguno de los elementos de esa quimera tenía traza de mostrar nada malévolo, ni mucho menos desagradable. Entonces, ¿por qué mi sueño había resultado tan turbador y desapacible? La respuesta no tardó en llegar procedente de aquella pesadilla que yo continuaba entreviendo. Mi diminuta figura seguía allí, impávido, contemplando aturdido la graciosa escena floral, cuando advertí que mis piernas comenzaban a moverse, y me dirigía hacia el original monumento bermellón. A medida que avanzaba paso a paso, notaba que la superficie sobre la que caminaba no era sólida, sino que mis pies se hundían un poco en lo que parecía ser un manto de partículas diminutas. No cabía ninguna duda, era como estar caminando por la orilla de una playa a las doce del mediodía, cuando el sol está en la cúspide del cielo y la arena está enteramente reseca y candente. Pero yo no me achicharraba las plantas de los pies, como en realidad hubiese ocurrido si aquello fuese una playa. No, avanzaba lentamente, con parsimonia y decisión. Era como si la reina de las rosas requiriese mi presencia de inmediato, y mi cuerpo respondiese a la llamada antes de que yo mismo me hiciera eco de ella. A medida que me acercaba iba prestando atención al sonoro arrullo que provenía de los márgenes de la senda que yo recorría. Presté un poco más de atención...Si, efectivamente me era familiar. Era como el relajante murmullo de las olas cuando mueren en la orilla e impregnan de agua salada todo lo que encuentran a su paso. Con una pequeña diferencia: yo no sentía mis pies salpicados de fresca agua, sino que seguía dejando mis huellas en aquel manto de arena reseca a la vez que relajante mientras continuaba aquella extraña peregrinación. Pronto llegué ante el noble rosal que se extendía ante la linda flor gigante. El brillo que despedían esos brotes envueltos en seda rosa era irreal, como si hubiesen sido barnizados por quien sabe qué floricultor de fantasía. Además, cada una de las rosas menores parecía examinarme de forma diferente, casi como un sujeto con personalidad, además de brillar de forma distinta a sus vecinas colindantes, como distintos son los rostros de cada uno de los seres humanos. Esa sensación de extrema substancia humana en aquellas flores fue lo que comenzó a inquietarme, y le añadió una pizca de desasosiego al hasta entonces alucinante sueño que transcurría en armonía entre reino humano y vegetal. Las habitantes del rosal eran réplicas a escala menor de su soberana, así que también contaban con afiladas espinas recorriendo todos los tallos, pero esta vez semejantes a pequeñas saetas erizadas dispuestas a agujerearme. Aún no comprendo por qué mi cuerpo comenzó a abrirse paso entre aquel arbusto hiriente. Mis movimientos eran mecánicos, pues yo no había dado orden alguna de adentrarme allí. A medida que me iba adentrando en el rosal, pequeñas gotas de sangre comenzaron a marcar mi piel, fruto de las minúsculas heridas que las espinas de las rosas me inflingían. Rosas que ahora parecían adoptar en sus pétalos una mueca de consternación y que caían a medida que apenas las rozaba. Parecían apagarse, como sufriendo un dolor increíble a causa de aquel extraño que penetraba en la fragante muralla. La verdad es que parecían más humanas que nunca. Muchas sufrían, algunas se lamentaban, otras aún se mostraban aguerridas y se defendían, y la mayoría se desmoronaban. Fue entonces cuando volví la vista atrás y contemplé la masacre. Ya llevaba recorrido un buen trecho adentrándome en el rosal y era como si mi marcha hubiera producido una penetrante herida en él, imposible ya de sanar. Todo un reguero de flores echadas por tierra me precedían, caídas en el intento de defensa de su tesoro real. Los pétalos de aquellas flores-soldado mancilladas estaban pisoteados por tierra, mezclados entre la arena y mi propia sangre, porque merced a los innumerables agujeritos en mi piel, ésta había comenzado a manar abundantemente. También entonces me percaté del horrible clamor que sonaba al unísono, como una coral de miles de voces, sin duda procedente de las rosas que aún seguían en pie. Era una mezcla de llantos de aflicción, gimoteos de desesperación, sollozos de angustia y suspiros de desolación. Incluso seguro que si hubiera agudizado más el oído hubiese sido capaz de reconocer algún improperio. Pero algo me impedía detenerme y me obligaba a continuar el camino, firme y sin pausa. Muchas más flores cayeron a medida que yo avanzaba como un gigante abriéndose paso entre hombrecillos que a duras penas soñaban con retrasarme en mi destino. Pero, ¿cuál era ese destino? Ni yo mismo lo sabía, mi cuerpo obedecía a preceptos de enigmática procedencia, mientras mi psique trataba de comprender qué demonios trataba de lograr alcanzando a la imponente rosa. Cuando salí de la barricada de rosas alcancé la meta. Ante mis ojos se alzaba el enorme tallo erizado, rematado por aquella copa de paño rosado. Por alguna extraña razón, parecía como si hubiera estado aguardándome desde hacía ya largo tiempo. Además, me sentía observado desde lo alto de aquella atalaya floral. Comencé entonces una parsimoniosa y mecánica escalada, de nuevo impulsado por pautas ajenas a mi entendimiento. Mis pies se apoyaban en las prominentes espinas, allí donde justo instantes antes se aferraban con fuerza inusitada mis manos, mientras no cesaba de dirigir la vista hacia abajo una y otra vez durante el ascenso. Varias veces echaba un vistazo de reojo bajo mis pies creyendo vislumbrar atisbos de movimiento, aunque sin abandonar nunca mi ascensión. Fue en una de esas ocasiones en las que miraba de soslayo hacia el abismo cuando me percate de lo que en realidad estaba ocurriendo allá abajo a los pies del tallo. Las rosas que aún quedaban en pie comenzaron a doblarse sobre sí mismas hasta alcanzar el suelo del que germinaban, pareciendo interesarse por los caídos, atendiendo a su llamada de auxilio. Pronto el suelo bajo mis pies se convirtió en una vorágine de campanillas rosadas que, alborotadas, se movían de un lado para otro en pleno torbellino rosado. Se agolpaban unas contra otras, acoplándose las flores inhiestas con las casi marchitas que yacían en la arena. Parecían remitirse a aquello de “la unión hace la fuerza”, y pronto formaron un cúmulo bastante imponente desde las alturas donde me encontraba. Desde mi posición privilegiada asistía impávido al solidario acontecimiento entre flores que se estaba produciendo. Tan entretenido estaba con aquel ir y venir de brotes que tardé en advertir la forma que iba adquiriendo el cúmulo de pétalos bajo mis pies. Aquella pila grana parecía respirar y fijando un poco la vista pude distinguir que, al igual que de un torso humano nacen piernas y brazos, de aquella acumulación surgían extremidades, y que unos fantasmagóricos ojos y una siniestra boca aparecían en lo que sin duda era una testa recién formada. El montón de flores había adquirido forma de humanoide, erguido sobre dos robustas piernas y que se desperezaba amenazante sin quitarme la vista de encima. La mirada que me dirigía estaba teñida de venganza y castigo. Ni aún siendo escudriñado por aquellos ojos hirientes cesaba yo en mi autómata puja por alcanzar la cima, si bien deseaba cejar en mi empeño y huir, huir cuanto antes de aquella criatura recién nacida que iba a por mí sin titubeos, deseosa de descargarme toda su cólera. No había terminado el ente de constituirse por completo cuando alcancé el objeto de mi ascenso. Llegué a la altura del capullo de la flor y al contemplarlo de cerca quedé como extasiado. Involuntariamente extendí mi mano con la intención de acariciarlo, y al punto dos enormes pupilas aparecieron incomprensiblemente en el pétalo que intentaba palpar y me miraron firmemente, reconociéndome de arriba a abajo con parsimonia. Sin duda eran unos ojos, de color miel tostada, que no parpadearon ni una sola vez, y supe al instante que nunca más lograría librarme de su hipnótico brillo. Fui condenado allí mismo y en ese momento a recordarlos mientras viviese. Aterrado, intente abrir la boca para gritar, pero no surgió mas que un ahogado gemido lastimero. Una convulsión me recorrió el espinazo y se extendió a lo largo de mis cuatro extremidades. Perdiendo el equilibrio, se escurrieron mis dedos sobre la espina a la cual me aferraba con todas mis fuerzas, como si la vida me fuera en ello, y me hundí de espaldas sobre el vacío. Abajo aguardaba la bestia. Mientras me precipitaba al vacío en una caída que pareció durar siglos, observaba como la atmósfera cambiaba, pasando de parecer un agujero negro a teñirse poco a poco de rojo. Al principio todo tenía el color de la sangre coagulada, que se fue aclarando hasta alcanzar un brillante tono rojo que lo envolvió todo. Llegó un momento en el cual todo lo que allí acontecía no hacia más que añadir temor y desesperación a mi corazón. Incluso cuando ya estaba cerca de estrellarme contra el suelo lancé una última mirada a las alturas donde habitaba la maldita flor y, dentro de mi total desesperación contemplé como ella también había comenzado a desmoronarse y que grandes pétalos como sabanas rosadas empezaban a caer junto a mi acompañándome en el viaje sin retorno hacia el cruel suelo. Hubo un momento en que pasó junto a mí uno de esos grandes pétalos y, sobreviniéndome un enorme sentimiento de culpabilidad, giré la cabeza y sólo fui capaz de dirigirle dos palabras, salidas de lo más profundo de mi apesadumbrada alma. -Lo siento- dije en un tono lúgubre y quejumbroso, como si el que hablase fuera mi propio corazón desde lo más recóndito de mi pecho. En ese momento, los mismos ojos color miel tostada que me habían examinado antes surgieron en el pétalo que me acompañaba y parecieron dirigirme una mirada de compasión, excusándome de toda aquella barbarie sin duda ocasionada por mi curiosidad e imprudencia. Al menos una sensación de paz y serenidad me sobrevino justo antes de romperme contra el suelo y de que la gigantesca bestia se abalanzase sobre mí y me agarrara por el tobillo derecho. Lo último que pude ver era como aquel depredador vegetal me izaba como un muñeco de trapo y me arrimaba a sus enormes fauces, con millones de espinas en lugar de dientes que no tardaron en acuchillarme una y otra vez mientras el monstruo me descuartizaba y devoraba dentro de su boca. Admití sumergido en dolor que aquello no era sino el justo castigo a mi intrusión y osadía en aquel universo diferente... Así finalizaba la pesadilla, el horrible sueño que había sacudido los cimientos de mi razón y mi conciencia. Después de aquella regresión continué un buen rato sentado en el costado de la cama, tratando de comprender las escenas vividas, de vestirlas de significado. Dejé de darle vueltas a aquello en mi cabeza y me acosté de nuevo, entendiendo que muchos de aquellos acontecimientos quedarían grabados durante el resto de mis días en mi cabeza. Sorprendentemente logré conciliar el sueño sin apenas inquietud ni desasosiego, consiguiendo librarme de lo ocurrido al menos por esa noche. A la mañana siguiente fui al colegio casi sin preocupaciones, sólo con las atribuibles a un niño de trece años interesado por la corrección de sus tareas de matemáticas e historia. No le conté la ajetreada noche a nadie, ni siquiera a mis padres. Seguro que me alentarían diciéndome que había sido un mal sueño fruto de mi febril imaginación. Al fin y al cabo tendrían razón, sólo había sido una pesadilla...

7 comentarios:

Anónimo dijo...

el dia que tenga un rato te contaré una que tuve que aunque no fue recursiva sí fue espeluznante, al menos para mí.

Bonito texto, por cierto ;-)

Perse dijo...

Yo ya lo leí en su día, está bien escrito, como siempre.... ¡pero vaya tela de sueño! Si al menos ya no vuelves a tenerla....

Anónimo dijo...

Ey! Mola tu blog!
Gracias por tus comentarios!

Covenant dijo...

Yo sólo me he leido la parte que no estaba en morado...

BonScott dijo...

Y eso que el púrpura le favorece, no es asi, Eminencia? XDDDDDDDDDD

Covenant dijo...

Salvp que me había dado más la impresión de "lila" que de "púrpura cardenalicio" xD

Perse dijo...

Actualizaremos en un futuro cercano????? :P

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