El rey Hiperión y su despiadado ejército avanzan por
Grecia, destruyéndolo todo a su paso. Cada victoria
le acerca un poco más a su objetivo: desatar la furia de los Titanes
confinados en el monte Tártaro para vencer a los dioses del Olimpo. Nada
parece capaz de detener su avance hasta que un joven llamado Teseo jura vengar a su
madre, asesinada en uno de los ataques de Hiperión. Teseo con la ayuda de la oráculo Fedra, reúne a un pequeño grupo de
hombres y asume su destino en una batalla desesperada por el futuro de
la humanidad.
A poco que conozcaís mis gustos cinéfilos a la hora de degustar superproducciones y blockbusters varios, ya supondríais que hace tiempo que le tenía ganas a Immortals dada su temática: la épica y las posibilidades que brinda una época como la Antigua Grecia. Es un género en el que disfruto entrando de lleno en el juego de historias imposibles y criaturas fantásticas dejando de lado, en mayor o menor medida, un argumento que en la mayoría de ocasiones es sacrificado en pos del espectáculo visual.
Y eso es algo que ocurre en Immortals, una propuesta que ha sido, es y será comparada con 300 (Zack Snyder, 2006) no sólo por el hecho de que viene de la mano de los mismos productores, sino también por el personalísimo y marcado carácter visual que tanto Snyder como Singh disponen en pantalla en sus producciones y que es una característica que de alguna manera les une. El de Wisconsin ya ha dejado su sello inconfundible en propuestas como Amanecer de los Muertos (2004), la propia 300, Watchmen (2009) o Sucker Punch (2011), mientras que el director indio sembró con La Celda (2000) las originales y bizarras bases visuales y artísticas de su cine, que luego siguió explotando en The Fall - El Sueño de Alexandria (2006).
Aunque intrascendente para muchos, a mi me ha resultado una película bastante entretenida. Eso sí, confieso haberme sentado frente a la pantalla con la simple intención de pasar un buen rato sin tener en cuenta que el guión es realmente pobre y que cuenta una historia que ya hemos visto con anterioridad en innumerables ocasiones, quizás con mayor consistencia, pero no con un grado de espectacularidad mayor que en esta ocasión. Immortals sabe que su gran baza reside en el derroche visual y la fuerza de las imágenes, y no escatima esfuerzos en ese sentido. Tarsem Singh lo sabe y por ello pulsa de manera premeditada los resortes necesarios para que obviemos esa pobreza argumental: la fuerza de las imágenes, la potencia contundente de los efectos especiales, escenarios y localizaciones de fantasía y un diseño de producción cuidadísimo y embriagador que incluye un vestuario excepcional. ¡Y qué decir de las escenas de acción! Articuladas en torno a una serie de orquestadas coreografías, las escenas de lucha son, sin ningún género de duda, lo más entretenido del film, derivando en ocasiones -la lucha de los Titanes contra los Dioses del Olimpo- en una auténtica carnicería en la que la sangre y las vísceras son protagonistas absolutos.
Al frente del reparto y como protagonista de la historia tenemos a Henry Cavill, el próximo Superman -que está dirigiendo Zack Snyder bajo la supervisión del gran Christopher Nolan, que participa en el guión y es productor del film-, que aporta presencia física e intensidad a la hora de construir a Teseo, héroe de turno y al que, sinceramente, creo que le faltan aún algo de tablas en esto de la interpretación. El que se come la pantalla y se apropia del protagonismo en todo momento es, como suele ocurrir, el villano de la función, que en este caso es el Rey Hiperión, interpretado por un buen Mickey Rourke que parece dispuesto a pasárselo en grande interpretando este tipo de papeles, como ya hiciera con Whiplash en Iron Man 2. La que pasa sin pena ni gloria es Freida Pinto, con una sosa actuación sin apenas trascendencia y relevancia. Del resto del reparto destacaría a un correcto Luke Evans poniéndose en la piel de Zeus y la presencia testimonial del prolífico actor británico John Hurt. La actuación de Stephen Dorff es demasiado superficial como para emitir cualquier tipo de opinión al respecto. Digamos que aparece, sin más.
A pesar de sus casi dos horas de metraje, he de decir que el film pareció transcurrir en un suspiro y me entretuvo, cosa que en los tiempos que corren no es moco de pavo. Insisto en que el hecho de acudir al cine sin más pretensiones que disfrutar de una historia simple pero con sus dosis adecuadas de acción, violencia y brutalidad se me antoja básico y fundamental para no salir decepcionado. Evidentemente, y si buscamos comparaciones, no es la mencionada 300, pero sí que es infinitamente superior a Furia de Titanes, de Louis Leterrier (2010), que se erigió por deméritos propios en una de las grandes decepciones del 2010.
El ascenso al poder del joven y sanguinario Lord Naritsugu supone una
seria amenaza para la paz en el Japón feudal. Simplemente por ser el
hermano del shogun, Lord Naritsugu está por encima de la ley, y asesina y
viola a su antojo. Afligido por la masacre perpetrada por el sádico
Naritsugu, el oficial Sir Doi contacta secretamente con el samurái
Shinzaemon Shimada para acabar con Naritsugu. El noble samurái,
indignado por la crueldad de Naritsugu, acepta de buen grado la
peligrosa misión. Para ello, reúne a un selecto grupo de samuráis, entre
los que se encuentra su sobrino Shinrokuro y el devoto aprendiz
Hirayama. Juntos, traman una emboscada para atrapar a Lord Naritsugu.
Shinzaemon es consciente del peligro que conlleva. Naritsugu va
escoltado por una comitiva encabezada por el letal e implacable Hanbei,
uno de sus antiguos rivales.
13 Asesinos es un jidaigeki o drama de época, un género totalmente reurrente en el cine japonés, que cuenta una historia ambientada en el Japón de mediados del siglo XIX, y más concretamente en 1844, período en el que la figura del samurái, guerrero japonés por excelencia, se encuentra en cierto desuso dada la paz y la quietud del momento. El film es una nueva versión de la película homónima (Jûsan-nin no shikaku) dirigida en 1963 por Eiichi Kudo, pero con el filtro y desde el particular punto de vista de un realizador tan peculiar como Takashi Miike, quien explota mucho más la esencia salvaje del acto organizado por estos trece samuráis.
Tiene la narración dos partes totalmente diferentes. El primer tramo es una pausada y minuciosa presentación del momento y las circunstancias de la historia, siendo testigos del sadismo, la crueldad y la violencia injustificada del indeseable hermano del Shogun, Lord Naritsugu Matsudaira, quien usa su elevada posición para sembrar el terror a su antojo. Asistimos también a la indignación de Sir Doi, uno de los oficiales, y de cómo pulsa los resortes necesarios para que se establezca un grupo de samuráis y ronins con el único y exclusivo objetivo de acabar con la vida de Naritsugu para salvaguardar el honor y la estabilidad política y social de Japón, dado que el objetivo del Lord es volver a instaurar los tiempos bélicos propios de las guerras feudales. Quizá esta parte adolezca de cierta parsimonia y un ritmo pausado, pero es indudable que resulta crucial para entender el devenir de la historia.
La segunda parte se articula en torno al plan elaborado por estos trece samuráis y cómo, cuando y dónde será llevado a cabo. Es entonces cuando se desata la locura, la narración se acelera hasta alcanzar velocidad de crucero y todo desemboca en una trepidante y frenética orgía de sangre y destrucción que toma cuerpo en una batalla épica que se extiende a lo largo de más de 45 minutos de clímax en el que trece hombres se enfrentarán a muchos con un resultado más que satisfactorio (y es aquí cuando tengo que reconocer cierta incredulidad ante la eficacia y resultado del plan inicial, poco menos que un auténtico suicidio).
Visualmente tiene una puesta en escena muy disfrutable, totalmente clásica, donde vestuario, escenografía y fotografía se unen para formar una enorme baza de realismo a favor. Además, la mencionada batalla final te mantiene pegado al asiento y permanentemente atento a lo que ocurre en la pantalla ante la posibilidad de que se nos escape algún detalle si parpadeamos. Por contra, creo que le pesa demasiado la parsimoniosa primera parte, que se demora en exceso a pesar de que el film comienza con una escena brutal, un impactante seppuku (o 切腹, el término culto y más academicista de lo que solemos conocer como hara-kiri). Desde ahí y hasta la chispeante agilidad del tramo final, tengo que reconocer que me aburrí por momentos y que algo de dinamismo no le hubiera venido nada mal, al igual que algo más de atrevimiento y osadía visual, algo a lo que Miike nos tenía malacostumbrados... De todas formas no nos engañemos: Kurosawa sólo existió uno, y era irrepetible.
1875, territorio de Nuevo México. Un extraño con una amnesia total
llega a Absolution. La única pista de su pasado es un
misterioso grillete que le rodea la muñeca. Lo que descubre es que la
gente del pueblo no da la bienvenida a los forasteros, y nadie hace un
movimiento en sus calles a menos que la orden de hacerlo venga de la
mano del coronel Dolarhydel. Pero
Absolution está a punto de experimentar algo que apenas puede
comprender, ya que el desolado pueblo es atacado por unas extrañas criaturas desde
el cielo. Descendiendo con estrépito a una velocidad impresionante y con
unas luces cegadoras para abducir uno a uno a la gente indefensa, esos
misteriosos visitantes desbordan todo lo que el pueblo haya conocido
hasta ahora. Ahora, ese desconocido al que rechazaron es su única
esperanza para la salvación.
El hecho de que el guión de una película haya sido escrito por hasta cinco personas distintas debería ser señal de advertencia de que es muy probable que lo que veamos en pantalla no entre dentro de la definición de buen cine y se acerque peligrosamente a lo que Perse suele denominar "una mierda como una catedral". Con Cowboys & Aliens corrimos ese riesgo ante las escasas opciones de una cartelera en la que poco o nada nos quedaba por ver. He de reconocer que la experiencia no fue tan dolorosa como en un principio parecía que iba a ser y la película pasó sin pena ni gloria, sin despertar en mí un interés fuera de lo normal y agradeciendo que no me sangraran los ojos.
El film, basado en un cómic que no he tenido oportunidad de leer (y que quizás no lea, puesto que le caen palos por todas partes), es una extravagante y bizarra mezcla de dos de los grandes géneros de la historia del cine: el western y la ciencia-ficción, en una valiente conjunción que se queda en tierra de nadie, a mitad de camino entre los dos géneros, y eso es sinónimo de indiferencia para el espectador. Tenemos cowboys y tenemos aliens, pero la mezcla no termina de cuajar, tal y como ocurría en films parecidos donde el western se fusionaba con otras vertientes, como Wild Wild West (1999) o la funesta Jonah Hex (2010).Ni siquiera los intentos por convertir el film en una cinta de aventuras animan el cotarro, resultando una historia poco dinámica a pesar de que, a priori, prometía todo lo contrario dados los elementos utilizados. Con todo ello, el film convence algo más cuando se mueve en el terreno del western y no en el de los alienígenas.
Daniel Craig se marca una de esas hieráticas y frías interpretaciones a las que nos tiene acostumbrados, pero con un resultado menos impactante que en la excelente Casino Royale (2006). Su inexpresiva cara no funciona en esta ocasión y le come la tostada un Harrison Ford que, sin esforzarse demasiado, resulta más convincente que el actor nacido en Chester. Su personaje es de los pocos que experimenta una ligera evolución a lo largo de la historia, pasando del escepticismo y la suficiencia al afecto y la camaradería. El papel femenino protagonista recae en esta ocasión sobre una insulsa Olivia Wilde, con un enigmático personaje (con unos orígenes y un rumbo que servidor tenía claro a los diez minutos de la película) de supuesta cierta relevancia para la historia que nunca llega a establecerse como capital en la historia. Los secundarios cumplen, aunque dan la sensación de que podían haber dado mucho más de sí, como es el caso de Sam Rockwell y su intento de aportar algo de humor a la narración, o el siempre correcto Clancy Brown como el personaje de más elevada condición moral de la historia.
En cuanto al apartado técnico de la película, decir que se me antojan excesivos los 160 millones de dólares de presupuesto para el resultado final, que sin ser mediocre, si me parece justito en cuanto a lo que cabría esperar. Lo que sí me gustó fue el diseño anatómico y ciertos detalles de los alienígenas. La ambientación, incluyendo escenografía, vestuario y puesta en escena, si me pareció creible, realista y totalmente conseguida, alcanzando un nivel convincente cual western clásico.
En definitiva, la película funciona mejor cuando discurre por el western puro y duro, y el guión se diluye cuando entra en juego el factor alienígena. Ahí es cuando la historia se descontrola un poco, chirrían las superposiciones entre géneros y flaquea nuestro interés. Es un film que discurre claramente de más a menos, hasta llegar a una última parte realmente pobre en cuanto a argumento y un final totalmente predecible y pueril. No es el truño que me esperaba, pero tampoco pasará a los anales de la Historia del Séptimo Arte. Para pasar el rato en una de esas tardes de domingo en las no hay nada mejor que hacer...
En el verano de 1979, un grupo de amigos de un pueblo de Ohio son testigos de un catastrófico accidente de tren mientras ruedan un corto sobre zombies. Tras librarse por poco, pronto descubren que no fue un
accidente. Poco después, comienzan a sucederse en el pueblo una serie de
extrañas desapariciones y de sucesos inexplicables, y pronto descubrirán que la verdad es algo más terrorífico de lo que ninguno de ellos podía imaginar...
Ríos de tinta se están virtiendo en la red sobre esta última película de J.J.Abrams, bien tratándola como un inútil intento de volver a poner de moda un tipo de cine de esencia netamente ochentera mediante el uso y abuso de elementos para provocar la nostalgia en el espectador treintañero, o bien considerándola un mosaico deudor del cine clásico de aventuras juveniles, en especial del de Spielberg, que encantará a aquellos que crecieron disfrutando de dicho tipo de cine. Y a pesar de que hay gente situada en el término medio que distingue entre sus virtudes y sus defectos, se está convirtiendo poco a poco en una película de esas que tienes que odiar o amar. Yo tengo que reconocer que, a pesar de algunos aspectos que chirrían con fuerza y son innecesarios o mejorables, me lo pasé en grande en el cine, convirtiéndose en una de las películas más redondas que he visto este año en pantalla grande (de momento y sólo por detrás de la maravillosa El Origen del Planeta de los Simios, pendiente de reseñar...).
El señor Abrams no ha dudado en confesar una y otra vez su profunda admiración por el cine de Steven Spielberg, sobre todo por el de sus comienzos, cuando encandilaba a todo el planeta con joyas como Tiburón (1975), Encuentros en la Tercera Fase (1977) o E.T. El Extraterrestre (1982). Así mismo, Spielberg también ha dejado claro que si hay alguien en la actualidad que le recuerda a él en sus inicios, ése es Abrams. Así pues, con estos dos señores lanzándose flores mutuamente (o, como diría el señor Lobo de Pulp Fiction, chupándose las pollas mutuamente), Super 8 es una película que estaba claro tarde o temprano formaría parte de la filmografia de Abrams, pues supone una mirada llena de nostalgia al cine spielberiano ochentero, con el añadido de estar protagonizada por una panda de chavales, al estilo de producciones como Los Goonies (1985) o Los Exploradores (1985). Y luego, claro está, tenemos el toque personal de Abrams, que ya hemos visto en recientes producciones de cosecha propia como Monstruoso (Cloverfield, 2008) o la grandísima serie Perdidos (Lost, 2004-2010), y que está constituido por una serie de constantes en su obra, como ese gusto por las historias de redención o su particular sentido del espectáculo, del que ya hizo gala en Star Trek (2009).
Está claro que J.J.Abrams trata de pulsar algunos resortes de nuestra memoria cinematográfica para crear cierto sentimiento de nostalgia ante el tipo de cine mencionado con anterioridad y que se circunscribió casi exclusivamente al periodo de tiempo que abarcaba los años '80 y comienzos de los '90. Numerosos son los guiños a dicha época, aparte de haber encuadrado Super 8 dentro de un periodo de tiempo muy concreto (finales de los años '70), dotando a la película de un maravilloso aire retro cuidado hasta el extremo tanto en vestuario como en escenarios, decorados y puesta en escena. En ese sentido, nada que objetar, exceptuando lo prefabricado y teledirigido de la apuesta por conmover desde la nostalgia y el recuerdo.
Disfruté de lo lindo con la actuación del grupo de jóvenes protagonistas, en especial de una Elle Fanning que promete bastante en esto de la actuación y se come cada plano en el que aparece. El joven reparto se muestra suelto y con desparpajo a la hora de interpretar a un grupo de amigos que en mitad de una situación límite y dramática comienzan a sentir el despertar de una serie de sensaciones desconocidas para ellos, como el primer amor, el sabor que deja en la boca el perdón o la pasión por el mundo del cine, personificada en Charles (interpretado por un genialRiley Griffiths), personaje que me encantó y que a buen seguro tiene un marcado carácter autobiográfico por parte de J.J.Abrams.
Poco voy a comentar de los efectos especiales, espectaculares por momentos (a destacar la escena del accidente y descarrilamiento del tren militar) y casi a la misma altura que la cuidada fotografía o el sensacional sonido, coronado todo ello por una banda sonora que estoy casi seguro estará muy presente en la próxima edición de los Premios de la Academia de Cine de Hollywood. Michael Giacchino ha concebido una partitura realmente conmovedora y grandilocuente a la vez, que en muchos momentos me ha recordado a la música que fielmente nos acompañó mientras disfrutábamos de Lost (Perdidos).
Sé que a muchos de vosotr@s os habrá parecido un fiasco, que muchos habeís entrado al cine con unas expectativas que Super 8 y J.J.Abrams no han podido o no han sabido colmar, pero a mi la película sí me ha llegado y me ha entretenido. Reconozco que está concebida como un pastiche de sensaciones y articulada en torno a una serie de situaciones ya vistas en anteriores películas, que juega descaradamente la baza de la nostalgia o que incluso la acción va de más a menos hasta llegar a un desenlace poco creible o, cuando menos, discutible, pero no se le puede negar que está rodada de manera magistral (con escenas espectaculares como la ya mencionada del descarrilamiento del tren o la del ataque de la criatura al autobús militar) y que supone un oasis en el desierto en el que poco a poco se ha convertido el panorama cinematográfico actual, donde las salas sólo proyectan comedias románticas de medio pelo o películas de vampiros que brillan embadurnados en purpurina. A mi me ha parecido un atractivo cóctel entre una monster-movie y una aventura juvenil a la vieja usanza, con la guinda en los créditos finales de The Case, el corto que en la propia película se encontraban rodando nuestros protagonistas, todo un homenaje a la serie B y al cine de zombies (impagable el homenaje a papá Romero, colocándole su apellido a la fábrica de productos químicos en la que se inicia la epidemia en el corto).
Y después de mucha espera, llegó el ansiado día de comprobar qué es en lo que han convertido a Conan, el legendario personaje de cómic del que me considero fan total y hasta la muerte. Y oye, he de decir que no veo por ningún lado ese supuesto descalabro y ese mancillamiento al honor de la película que John Milius dirigiera allá por 1982 con nuestro amigo Schwarzenegger interpretando al bárbaro cimmerio. Es más, me ha resultado una película entretenida, digna de ver y que trata de ser un homenaje al personaje de cómic más que un remake o nueva versión de la película ochentera, acercándose bastante al cómic pulp.
Para acercarnos a esta nueva versión de Conan tenemos que tener en cuenta varias cosas. La principal es que, por desgracia, ya no estamos en los '80. Ni siquiera en los '90. El siglo XXI ha cambiado muchas cosas en el mundo del cine y las películas no son, ni por asomo, como las de antes. A partir de ahí y después de asimilar este básico concepto clave, el resto es pan comido: ni el momento ni el contexto son los mismos, Marcus Nispel no es John Milius, Momoa no es Chuache y Tyler Bates no es ni la sombra de Basil Poledouris. Diré más: Bulgaria no es Almería, ni tiene a Cuenca con la Ciudad Encantada. Todas esas diferencias tienen su consecuencia en el resultado final. Esta nueva versión de Conan es simplemente diferente, y si me preguntaís mi opinión, me sigo quedando sin duda con la clásica, pero no le hago ascos a esta nueva interpretación del personaje con la que, vuelvo a reconocer, me divertí bastante.
Para empezar, el aspecto físico y la interpretación de Jason Momoa se acerca bastante a la idea que Robert E. Howard tenía en mente cuando creó el personaje de Conan allá por los años '30, más concretamente al bárbaro cimmerio en su juventud: un sinvergüenza prácticamente sin escrúpulos, un ladrón y un mujeriego con el ansia de venganza grabado a fuego entre ceja y ceja. Momoa sorprende a los que dudaban de su capacidad para interpretar al personaje con una actuación llena de fuerza y no exenta de expresividad, cercano a las ilustraciones que el maestro Frank Frazetta realizara de Conan durante su carrera. Fiero y de movimientos felinos, no lo hace nada mal con la espada y lo ha dado todo en las escenas de lucha. Para mí, una grata sorpresa y espero que, en caso de nuevas secuelas y/o películas sobre el personaje, Momoa sea Conan de nuevo, pues se lo ha ganado a pulso.
El otro gran personaje realmente llamativo de esta historia es el de Marique, la bruja interpretada por una genialmente caracterizada Rose MacGowan, que desprende la suficiente maldad y resulta bastante repugnante como pseudovillana de la función, sobrepasando por momentos a Stephen Lang, metido de lleno en el papel de Khalar Zym, el verdadero villano de la función y padre de dicha bruja. Las correctas interpretaciones no terminan aquí, y hay que añadir la del cumplidor Ron Perlman, siempre correcto y en ocasiones brillante, que se encarga del papel de Corin, el padre de Conan, en unas escenas breves pero intensas. Aquí no hay monólogo sobre el secreto del acero, pero casi. La pequeña decepción en cuanto al casting viene por el lado femenino protagonista, cuya responsabilidad recae en Rachel Nichols como Tamara, la "dama en apuros" de la historia, a la que interpreta con sensualidad y belleza, pero sin apenas carisma. Sandahl Bergman bien podría haberle prestado un poco del aplomo y el peso interpretativo que luciera en la versión de 1982.
Lo que Nispel nos muestra en el arranque de la película se acerca bastante a los confusos orígenes del personaje siempre según la obra de Howard. Tenemos así a un cimmerio que nació en el campo de batalla (brutal e imborrable la escena del parto), vió cómo su pueblo era masacrado y tuvo que, literalmente, buscarse la vida para sobrevivir mientras la llama de la venganza ardía constantemente en su corazón. A partir de ahí, Nispel se muestra algo torpe a la hora de desarrollar la historia, en parte por culpa de un guión no demasiado acertado y, qué duda cabe, en parte por su ligeramente deficiente labor de dirección, propia de un realizador que no termina de despegar, filmando escenas de manera atropellada y abrupta en muchas ocasiones. Además, Nispel podría haber sacado muchísimo más provecho de ciertos aspectos que hubieran dado mucho juego a la historia, como la magia en la edad hyboria, exprimiendo a fondo el personaje de Marique o las intenciones nigromantes de Khalar Zym; incluso haciendo mayor hincapié en las creencias de los pueblos bárbaros y su relación con Crom y el secreto del acero, lo que hubiera dotado al film de mayor profundidad psicológica y filosófica (cosa que no le hubiera venido mal).
Por contra, los efectos especiales le han servido a Nispel para recrear el enorme crisol de paisajes, razas y culturas del universo Conan, aspecto en el que esta versión supera a la original, máxime teniendo en cuenta los casi treinta años que han pasado entre una y otra (y las incontables mejoras y avances técnicos que ni se imaginaban en los '80). Se podría decir que hay un abuso del CGI, pero que está ciertamente justificado y no chirría en pantalla como en otros muchos films (véaseGreen Lantern). Otro punto a favor es la excelente labor en cuanto a vestuario, maquillaje y caracterizaciones varias que ayudan a evocar ese mundo bárbaro y salvaje sin dejar de lado cierta pátina de realidad necesaria para no dejar de creer. De la banda sonora no pienso hablar: me basta un sólo nombre para decirlo todo: Basil Poledouris. Para todo lo demás, llamad a Tyler Bates si quereís una cosita apañada para salir del paso. Hubiera sido un enorme tanto a su favor que hubieran aprovechado algo de la eterna partitura compuesta por Poledouris, sobresaliente hasta la extenuación en todos los aspectos.
En definitiva, podría estar hablando de este película y la original durante horas... Pero no pretendo aburrir a nadie, y termino reconociendo una vez más que, aunque sigo esperando ilusionado la adaptación a la gran pantalla del mítico bárbaro que haga justicia a su leyenda, esta recién estrenada versión no me parece una mala película, sino un intento fallido pero resultón de poner de moda a Conan medianta una coqueta producción de serie B que rezuma espíritu pulp por los cuatro costados. Además, entretiene y tiene sus momentos, e incluso sus puntos fuertes en los que supera a la película de 1982, pero sigue sin ser la película de Conan que baje del pedestal a la obra maestra que dirigió Milius a comienzos de los '80.
El Dr. Abraham Erskine es un científico que trabaja en el Proyecto
Renacimiento: por medio de un suero experimental, podrá crear súper
soldados que lucharán contra los nazis. Steve Rogers se ofrecerá como
voluntario para probarlo, convirtiéndose entonces en el Capitán América,
y se unirá a Bucky Barnes y Peggy Carter para combatir a la
organización Hydra, dirigida por el villano Cráneo Rojo.
Acudía al cine a ver Capitán América con la esperanza de que me quitara el mal sabor de boca que me había dejado días antes la decepcionante Green Lantern y, de paso, comprobar los motivos del por qué Marvel está a años luz de la DC en líneas generales cuando de adaptaciones a la gran pantalla se trata. Y efectivamente, así fue: la película del Capitán América me sorprendió gratamente. Es una película entretenida y realmente divertida que funciona a la perfección como cine de aventuras y que supone una correcta introducción al personaje para lo que nos espera en el 2012, cuando se estrene Los Vengadores y Marvel haga temblar el mundo de las adaptaciones comiqueras.
La primera parte de la película es redonda, con una ambientación histórica sublime y una muy trabajada presentación de Steve Rogers, tanto a nivel físico (curradísimos los efectos especiales para escuchimizar a Chris Evans) como a nivel moral, mostrando su férrea escala de valores y principios idealistas que serán realmente la auténtica razón para que Rogers sea elegido como candidato al Proyecto Renacimiento, cuyas consecuencias ya sabemos todos...
Chris Evans solventa muy bien el papel de Steve Rogers/Capitán América. Al principio reconozco que tenía dudas sobre su capacidad de sostener tan tremendo personaje del universo Marvel, sobre todo si tenemos en cuenta que, sinceramente, no es un gran actor, pero aquí da el pego y puede valer. Su némesis en esta ocasión es Johann Schmidt/Cráneo Rojo, al que da vida el simpre correcto Hugo Weaving. Lástima que no tuviera algo más de protagonismo y de cuota en pantalla, porque es un villano que podría haber dado mucho más de sí.
Pero, si hablamos de casting, es inevitable resaltar a dos pesos pesados de la interpretación: un Tommy Lee Jones (o el actor que se ha tragado al bueno de Tommy) como pez en el agua en el papel del Coronel Chester Phillips, que se pasa toda la película en "Modo Grumpy", y Stanley Tucci, todo un valor seguro a la hora de actuar, que en esta ocasión se mete en la piel del doctor Abraham Erskine, responsable absoluto del supersuero que transformará a Rogers en el Capi. Una actuación breve pero intensa, muy grande Don Stanley Tucci, como siempre. Luego también tenemos por ahí a Dominic Cooper como Papá Howard Stark (de tal palo tal astilla, o viceversa...) y a Hayley Atwell como Peggy Carter, el primer amor del Capitán, en un papel algo tópico para desembocar en la típica historia de amor entre superhéroe y chica de turno, aunque algo más de armas tomar en esta ocasión.
Evidentemente, tiene sus defectos, entre los cuales destaca el hecho de que la historia se desinfla una vez que han puesto las cartas sobre la mesa y, cuando mayor debería ser la cuota de acción en pantalla, el ritmo decrece ligeramente, aunque sin aburrir en ningún momento. Se nota que a partir de la mitad de film, más o menos, el desarrollo se vuelve algo atropellado y se pisa el acelerador para contar lo que les queda por contar. Una pena, pero así es. Tampoco es que la labor de Joe Johnston como director ayude a solventar el problema, sobre todo cuando el propio realizador constituye un problema en sí. Vamos, que la podría haber dirigido cualquiera: es una película Marvel y como tal lleva ese sello característico. El guión es sencillo a rabiar y sigue el esquema de las películas de superhéroes, con lo que no nos vamos a llevar ninguna sorpresa. Es una película que no arriesga, sólo entretiene, aunque bastante, que no es poco.
En definitiva, que a mi me gustó bastante y me hizo pasar un buen rato entretenido en el cine, y como os contaba al principio, me quitó el tremendo mal sabor de boca que me había dejado dias antes la adaptación de Green Lantern. Una vez más, Marvel ganándole el asalto a DC... ¿Quién ganará el combate final?
Thadeous se ha pasado la vida viendo cómo Fabious, su perfecto hermano mayor, se ganaba el corazón de su pueblo. Cansado de que la aventura, la admiración y el trono no llamen a su puerta, se ha resignado a una vida dedicada a fumar hierba de brujo, beber buen alcohol y seducir a doncellas desvergonzadas. Pero cuando Belladona, la prometida de Fabious, es secuestrada por el malvado brujo Leezar, el rey da un ultimátum a su hijo menor: si no mueve el trasero y la rescata, se acabaron los fondos. Thadeous se une a Fabious en un peligroso viaje para liberar a la princesa. Si Thadeous es capaz de sacar a la luz el héroe que lleva escondido en su interior, podrá ayudar a su hermano a impedir la destrucción del reino. Pero si le puede la holgazanería, no sólo será tachado de cobarde, también tendrá un asiento en primera fila para contemplar el amanecer de la Era de las Tinieblas.
Tengo muy claro que en esta ocasión bastarían apenas un par de líneas para mostraros mi impresión sobre esta película. Sinceramente, creo que la frase "chorrada monumental de proporciones épicas que en ningún momento es merecedora del dinero de la entrada" sería una excelente definición de lo que "Caballeros, Princesas y Otras Bestias" significa para el mundo del cine. Y es que el fiasco se atisbaba desde el título, horrorosamente traducido al castellano, como viene siendo habitual, pues en inglés el film se titula "Your Highness" (Su Alteza).
Con semejante punto de partida no podemos más que asistir impávidos a un completo despropósito perpetrado por David Gordon Green, que se rodea de sus fieles escuderos James Franco y Danny McBride (que además firma parte del guión...) para intentar dar enjundia y consistencia a lo que en principio tenía visos de ser una película de aventuras resultona con una buena dosis de humor gamberro. Pero una vez más nos la colaron con el trailer, y todo quedó reducido a una película zafia y rebosante de gags y chistes realmente malos en su mayor parte, casi todos relacionados con temas tan profundos como fumar hierba, correrse una juerga tras otra y utilizar la palabra "polla" como si de un comodín del humor asegurado se tratara.
Poco se puede decir del reparto, puesto que estoy casi seguro que el 90% de los actores pronunciaron el "sí, quiero" tras echarle un vistazo al cheque en lugar de al guión. El dúo protagonista no tienen demasiada química, salvo la que compartan en los baños o en el camerino, y tan sólo salvaría de la quema al gran Charles Dance que, imbuido por el espíritu de Tywin Lannister de Juego de Tronos, interpreta en esta ocasión (melena incluida) al rey Tallious, quizás el único personaje del film que no suelta ningún chascarrillo y actúa con seriedad. Ni el culo de Natalie Portman ni los escotes de Zooey Deschanel las salvan de la quema. Y, por cierto, ¿que hace Toby Jones aquí? ¿Tan mal anda de dinero?
Para colmo de males, el director se empeña en meter con calzador una ridícula e improcedente dosis de moralina, totalmente innecesaria si tenemos en cuenta el tono totalmente desenfadado del film y el hecho de que el personaje encargado de dar ese giro hacia la correcta moralidad se haya pasado media película con la polla de un minotauro colgando del cuello o que casi al principio de la historia haya tenido que hacerle un trabajito manual a una especie de duende/brujo pederasta (bautizado en el film como "El Mago Magín"...) para conseguir un objeto mágico imprescindible para culminar su gesta. Ver para creer...
En definitiva, yo no pagaría por verla y la reservaría para cualquier tarde tediosa, como último recurso y siempre y cuando nuestra mente se encuentre en stand-by o suspensión animada para que nuestro intelecto, por mínimo que sea, aguante lo que esta historia trata de ofrecernos. Y si es rodeado de colegas y agarrando un buen pedo, pues mucho mejor, porque no me cabe duda de que es el ambiente correcto y la predisposición óptima para poder disfrutar, aunque sea sólo un poco, de esta historia de espada y brujería cargada de chascarrillos universitarios que no encajan ni a golpe de mandoble.
Thor es un poderoso pero arrogante guerrero cuyas irresponsables acciones reinician una guerra ancestral. Thor es desterrado a la Tierra por su padre Odin y forzado a vivir entre los humanos. En la Tierra, la científica Jane Foster tendrá un profundo efecto sobre Thor y se convertirá en su primer amor. Es entonces cuando Thor descubre lo que hay que tener para ser un héroe, máxime cuando el más peligroso de los villanos de su mundo envía las más oscuras fuerzas del mal de Asgard hacia la Tierra.
Sí, lo reconozco: vengo de ver Thor en el cine y me lo he pasado como un enano, disfrutando al 110% de una historia sencilla pero efectista, un buen cóctel de mitología nórdica y comiquera con el clásico héroe que emprende el típico viaje iniciático (en este caso destierro) para encontrarse a sí mismo, redimirse, enfrentarse a las fuerzas del mal y salvarnos a todos. Además, como no podía ser de otra forma, se enamora de paso de una joven científica (no siempre le va a tocar a las periodistas). Con este argumento y unas palomitas, la diversión está más que asegurada...
El encargado de adaptar a la gran pantalla este personaje de Marvel creado por Stan Lee y Jack Kirby allá por el lejano agosto de 1962 es Kenneth Branagh, poco dado a realizar películas de gran presupuesto y dirigidas a un amplio estrato de espectadores. Aún así, sale airoso del envite y ofrece una película de superhéroes más que correcta que contiene pinceladas de su estilo como realizador (la tormentosa y dramática relación entre padre e hijoluce muy bien en pantalla y es inevitable pensar en la experiencia de Branagh en adaptaciones dramatúrgicas).
Además, la labor artística de la creación y el diseño de todo el universo alternativo de donde proviene Thor es realmente magnífico y visualmente fascinante. Sí, soy consciente de que no se trata más que de CGI en cantidades industriales, pero ello no evita que resulte un fastuoso e impactante derroche visual. La Corte de Asgard, el Puente del Arco Iris, la Tierra Helada de Jotunheim... Todo un acierto y un regalo para la vista, sin duda.
Chris Hemsworth es quien interpreta a Thor y no lo hace mal del todo (está hecho un armario y daría el pego como vikingo saqueador), aunque resulta un poco inexpresivo en ocasiones, al igual que Tom Hiddleston, del que esperaba algo más como Loki, el villano de la función. Anthony Hopkins es Odín (la verdad es que el papel le viene que ni pintado, mucho mejor que el reciente ridículo que hizo en El Rito), e Idris Elba pone la nota exótica (recordad que hubo polémica tras su elección para el papel) dando vida a Heimdall. Natalie Portman vuelve a su condición de actriz terrenal tras su ascenso a los cielos (o más bien descenso a los infiernos) con la excelsa Cisne Negro, y Stellan Skarsgård es un secundario de lujo.
En definitva, película entretenida que alcanza cotas de majestuosidad en su arranque y desenlace (tramos de la historia que se desarrollan en Asgard y Jotuheim), y que cae ligeramente en lo vanal cuando la acción se desarrolla en la Tierra. Es ahí cuando pierde un poco de fuerza y cuesta entrar en calor. Aún así, supone un aperitivo magnífico para lo que se nos avecina en el 2012, cuando Los Vengadores, dirigida por Joss Whedon, reúna en un mismo film a Robert Downey Jr. (Iron Man), Chris Evans(Capitán América), Chris Hemsworth(Thor), Samuel L. Jackson(Nick Fury), Tom Hiddleston(Loki), Mark Ruffalo(Hulk), Jeremy Renner(Ojo de Halcón) y Scarlett Johansson (Viuda Negra), entre otros.
Las prospecciones que realiza un grupo de científicos norteamericanos en la montaña en la montaña Korvatunturi al norte de Finlandia están alterando el ánimo de los lugareños. El pequeño Pietari será uno de los primeros en darse cuenta que algo va mal y su curiosidad le llevará a descubrir que el objetivo de la compañia norteamericana es encontrar al más célebre personaje de la mitología finlandesa.
Rare Exports: A Christmas Tale se alzó con el premio a Mejor Película en el pasado Festival de Cine Fantástico de Sitges, y lo hizo gracias a su perfecta combinación de una de esas historias para jóvenes púberes que tan de moda estuvieron a finales de los '80 y principios de los '90 (tipo Los Goonies o Una Pandilla Alucinante) con un refrescante punto de vista de la mitología navideña y el folklore finlandés, aderezado con ciertas dosis de humor negro. Todo esto sin olvidar el halo y la pátina realmente oscura y nada agradable que envuelve el film, que podría calificarse como una fábula o cuento de terror ambientado en una época del año tan amable y entrañable como la Navidad.
No pretendo desvelar demasiado acerca de la trama porque la película merece ser vista con la menor cantidad posible de detalles en mente, para que su visionado resulte plenamente satisfactorio y los giros en el guión (incluida alguna que otra efectiva sorpresa) funcionen a la perfección. Lo que si puedo decir es que el argumento desmonta la afable teoría de que Santa Claus es un anciano venerable y bonachón que colma de regalos a los niños buenos en Navidad y lo transforma en... bueno, mejor lo comprobaís vosotros mismos.
La película, rodada en Finlandia, convierte a los preciosos paisajes nevados de la zona en uno más de los personajes, resultando un entorno embriagador e inmejorable a la hora de contar una historia como la que Jalmari Helander nos trae. Y si hablamos de personajes, tendríamos que destacar a Onni Tommila en el papel de Pietari, el niño protagonista, que destaca con una gran interpretación, sobria y realista, sobre el resto de intérpretes, erigiéndose en auténtico héroe de la función. El resto de actores realizan unas interpretaciones francamente correctas a pesar de su casi nula experiencia a nivel internacional, habiendo actuado tan sólo en series y producciones para la televisión finlandesa.
Algo que si echo de menos en la película es que la historia de terror que se atisba hubiera cuajado de forma contundente y no derive en una aventura para chavales, como finalmente lo hace en su tercio final. Algo de sangre, escenas donde el auténtico terror fuera protagonista y la confirmación de ese nuevo Santa Claus hubiera catapultado al film a la categoría de imprescindible o película de culto (si es que no lo es ya). A pesar de todo, la oscuridad psicológica de ciertos pasajes de la historia elevan las cotas de intranquilidad e incomodidad a niveles francamente interesantes para el espectador.
En definitiva, película recomendable que presenta un nuevo punto de vista sobre la Navidad, con un argumento original y disfrutable, algún que otro giro en la trama lo suficientemente eficaz para pillar por sorpresa al espectador, una factura técnica notable, interpretaciones de cierto nivel y capaz de agradar por igual a niños y mayores con su cóctel de aventuras, terror en pequeñas dosis, comedia, humor negro e incluso hasta moraleja aleccionadora. Con semejante panorama, se le puede perdonar algún que otro desliz infantiloide que parece ser realmente inevitable en películas así.