De vez en cuando un poco de ciencia ficción nunca viene mal y la última ración que he ingerido viene de la mano de
Andrew Niccol, responsable en su día como director de películas tan interesantes como
Gattaca (
1997) o
El señor de la guerra (
2005), y guionizando la maravillosa
El show de Truman (
1998). Además, el planteamiento inicial de
In Time es más que interesante: tenemos una sociedad distópica en la que los seres humanos han sido genéticamente manipulados para que dejen de envejecer a los 25 años; el tiempo es ahora la única moneda de cambio a la vez que en un mecanismo para evitar la superpoblación; y, además, ese uso del tiempo ha provocado que los ricos acumulen cientos, miles de años en sus relojes vitales, mientras que la clase obrera tenga que vivir al día, al límite, con apenas unas horas de vida en su muñeca. Es innegable que resulta un punto de partida potente y una lanzadera poderosa desde donde articular una muy buena historia partiendo de esa base.
En esa nueva y desequilibrada sociedad,
Justin Timberlake es
Will Salas, una de esas personas que viven al día cuya vida dará un giro descomunal. Hay que reconocer que el señor Timberlake no se desenvuelve mal en esto de la interpretación, aunque creo que los papeles protagonistas todavía le quedan algo grandes. Junto a él está una sosa
Amanda Seyfried que pasa buena parte de la película con el mismo gesto. La inclusión de la típica y tópica historia romántica entre estos dos personajes es el primer paso importante que la película da hacia la vulgaridad: chico conoce a chica, ninguno es feliz viviendo las vidas que viven y deciden unir sus esfuerzos por cambiar su destino. Demasiado convencional.
Del resto del reparto, hay que destacar a
Cillian Murphy, actor que siempre añade interés a la ecuación. El irlandés es uno de esos actores camaleónicos capaz de conseguir muy buenos resultados en casi cualquier registro, y en esta ocasión se encarga de dar vida a
Raymond Leon, Guardián del Tiempo, aunque ya me hubiera gustado verlo de protagonista. Lo de
Olivia Wilde es prácticamente testimonial, casi un cameo, al igual que lo de
Johnny Galecki, nuestro
Leonard en
The Big Bang Theory.
El otro gran pero que se le puede achacar al film son las escenas de acción. Quizás el director contemplaba como su plantamiento inicial se estaba estancando con la historia romántica de turno y decidió meter escenas de acción de dudosa calidad a una película que realmente no las necesitaba. Para muestra, un botón: la escena del accidente de coche, realmente pueril y mal resuelta. Y el colofón en cuanto a esos detalles que estropean una idea con tantas posibilidades es la abundancia de incoherencias en el guión y a nivel narrativo, con algunos detalles que chirrían y no terminan de encajar.
Pese a ello, no es una mala película. Técnicamente no está mal, y destaca por su fotografía y una dirección artística más que correcta, además de plantear una puesta en escena contenida y sin alardes tecnológicos estridentes y apabullantes. Lo que sí es cierto es que te deja con la sensación de haber sido testigo de cómo una historia con un potencial increible se desaprovecha al redundar una y otra vez en la historia de los dos protagonistas, un auténtico correcalles al más puro estilo Bonnie & Clyde o Robin Hood. Aunque entretiene, podía haber dado mucho más de sí.